jueves, 23 de noviembre de 2017

Pinocho

Érase una vez, un carpintero llamado Gepetto, decidió construir un muñeco de madera, al que llamó Pinocho. Con él, consiguió no sentirse tan solo como se había sentido hasta aquel momento. - ¡Qué bien me ha quedado!- exclamó una vez acabado de construir y de pintar-. ¡Cómo me gustaría que tuviese vida y fuese un niño de verdad! Como había sido muy buen hombre a lo largo de la vida, y sus sentimientos eran sinceros. Un hada decidió concederle el deseo y durante la noche dio vida a Pinocho. Al día siguiente, cuando Gepetto se dirigió a su taller, se llevó un buen susto al oír que alguien le saludaba:
- ¡Hola papá!- dijo Pinocho.
- ¿Quién habla?- preguntó Gepetto.
- Soy yo, Pinocho. ¿No me conoces? – le preguntó.
Gepetto se dirigió al muñeco.
- ¿Eres tu? ¡Parece que estoy soñando, por fin tengo un hijo!
Gepetto quería cuidar a su hijo como habría hecho con cualquiera que no fuese de madera. Pinocho tenía que ir al colegio, aprender y conocer a otros niños. Pero el carpintero no tenía dinero, y tuvo que vender su abrigo para poder comprar una cartera y los libros. A partir de aquél día, Pinocho empezó a ir al colegio con la compañía de un grillo, que le daba buenos consejos. Pero, como la mayoría de los niños, Pinocho prefería ir a divertirse que ir al colegio a aprender, por lo que no siempre hacía caso del grillo. Un día, Pinocho se fue al teatro de títeres para escuchar una historia. Cuando le vio, el dueño del teatro quiso quedarse con él:
-¡Oh, Un títere que camina por si mismo, y habla! Con él en la compañía, voy a hacerme rico – dijo el titiritero, pensando que Pinocho le haría ganar mucho dinero.
A pesar de las recomendaciones del pequeño grillo, que le decía que era mejor irse de allí, Pinocho decidió quedarse en el teatro, pensando que así podría ganar dinero para comprar un abrigo nuevo a Gepetto, que había vendido el suyo para comprarle los libros.

Y así hizo, durante todo el día estuvo actuando para el titiritero. Pasados unos días, cuando quería volver a casa, el dueño del teatro de marionetas le dijo que no podía irse, que tenía que quedarse con él. Pinocho se echó a llorar tan y tan desconsolado, que el dueño le dio unas monedas y le dejó marchar. De vuelta a casa, el grillo y Pinocho, se cruzaron con dos astutos ladrones que convencieron al niño de que si enterraba las monedas en un campo cercano, llamado el “campo de los milagros”, el dinero se multiplicaría y se haría rico. Confiando en los dos hombres, y sin escuchar al grillo que le advertía del engaño, Pinocho enterró las monedas y se fue. Rápidamente, los dos ladrones se llevaron las monedas y Pinocho tuvo que volver a casa sin monedas. Durante los días que Pinocho había estado fuera, Gepetto se había puesto muy triste y, preocupado, había salido a buscarle por todos los rincones. Así, cuando Pinocho y el grillo llegaron a casa, se encontraron solos. Por suerte, el hada que había convertido a Pinocho en niño, les explicó que el carpintero había salido dirección al mar para buscarles. Pinocho y grillo decidieron ir a buscarle, pero se cruzaron con un grupo de niños:
- ¿Dónde vais?- preguntó Pinocho.
- Al País de los Juguetes – respondió un niño-. ¡Allí podremos jugar sin parar! ¿Quieres venir con nosotros?
- ¡Oh, no, no, no!- le advirtió el grillo-. Recuerda que tenemos que encontrar a Gepetto, que está triste y preocupado por ti.
- ¡Sólo un rato!- dijo Pinocho- Después seguimos buscándole. Y Pinocho se fue con los niños, seguido del grillo que intentaba seguir convenciéndole de continuar buscando al carpintero. Pinocho jugó y brincó todo lo que quiso. Enseguida se olvidó de Gepetto, sólo pensaba en divertirse y seguir jugando. Pero a medida que pasaba más y más horas en el País de los Juguetes, Pinocho se iba convirtiendo en un burro. Cuando se dió cuenta de ello se echó a llorar. Al oírle, el hada se compadeció de él y le devolvió su aspecto, pero le advirtió:
- A partir de ahora, cada vez que mientas te crecerá la nariz.
Pinocho y el grillo salieron rápidamente en busca de Gepetto. Geppetto, que había salido en busca de su hijo Pinocho en un pequeño bote de vela, había sido tragado por una enorme ballena. Entonces Pinocho y el grillito, desesperados se hicieron a la mar para rescatar al pobre ancianito papa de Pinocho. Cuando Pinocho estuvo frente a la ballena le pidió por favor que le devolviese a su papá, pero la enorme ballena abrió muy grande la boca y se lo tragó también a él.
 ¡Por fin Geppetto y Pinocho estaban nuevamente juntos!, Ahora debían pensar cómo conseguir salir de la barriga de la ballena.
- ¡Ya sé, dijo Pepito hagamos una fogata! El fuego hizo estornudar a la enorme ballena, y la balsa salió volando con sus tres tripulantes. Una vez a salvo Pinocho le contó todo lo sucedido a Gepetto y le pidió perdón. A Gepetto, a pesar de haber sufrido mucho los últimos días, sólo le importaba volver a tener a su hijo con él. Por lo que le propuso que olvidaran todo y volvieran a casa. Pasado un tiempo, Pinocho demostró que había aprendido la lección y se portaba bien: iba al colegio, escuchaba los consejos del grillo y ayudaba a su padre en todo lo que podía. Como recompensa por su comportamiento, el hada decidió convertir a Pinocho en un niño de carne y hueso. A partir de aquél día, Pinocho y Gepetto fueron muy felices.
                                                FIN
Un día de invierno, justamente cuando hacía frío, Estrellita salió a la calle muy abrigada. Hizo un muñeco de nieve pero seguía un poquito aburrida. Dijo a sus padres:
- ¿Puedo llamar a mis amigos?
- Sí - dijeron sus padres- ¿Pero por qué quieres llamarlos?
- Porque quiero celebrar una fiesta de invierno.
Los padres de sus amigos y amigas dieron permiso. Vinieron Sacha, Natacha, José Antonio, Davinia, Yago...
Mientras que jugábamos, los vecinos y vecinas nos miraban. Preguntaron:
-¿Podemos jugar nosotros?
Estrellita dijo en voz fuerte:
-¡Todo el que quiera jugar que juegue!
Todos los vecinos y vecinas jugaban con nosotros. Hicieron muñecos de nieve, jugaron a guerras de nieve, se inventaron un baile de invierno y lo que más le gustó a Estrellita fue cuando cogió nieve y la tiró al cielo.
Se lo pasaron muy bien.
Valeria 3ºA


El flautista de Hamelín


Había una vez…
…Una pequeña ciudad al norte de Alemania, llamada Hamelin. Su paisaje era placentero y su belleza era exaltada por las riberas de un río ancho y profundo que surcaba por allí. Y sus habitantes se enorgullecían de vivir en un lugar tan apacible y pintoresco.
Pero… un día, la ciudad se vio atacada por una terrible plaga: ¡Hamelin estaba lleno de ratas!
Había tantas y tantas que se atrevían a desafiar a los perros, perseguían a los gatos, sus enemigos de toda la vida; se subían a las cunas para morder a los niños allí dormidos y hasta robaban enteros los quesos de las despensas para luego comérselos, sin dejar una miguita. ¡Ah!, y además… Metían los hocicos en todas las comidas, husmeaban en los cucharones de los guisos que estaban preparando los cocineros, roían las ropas domingueras de la gente, practicaban agujeros en los costales de harina y en los barriles de sardinas saladas, y hasta pretendían trepas por las anchas faldas de las charlatanas mujeres reunidas en la plaza, ahogando las voces de las pobres asustadas con sus agudos y desafinados chillidos.
¡La vida en Hamelin se estaba tornando insoportable!
…Pero llegó un día en que el pueblo se hartó de esta situación. Y todos, en masa, fueron a congregarse frente al Ayuntamiento.
¡Qué exaltados estaban todos!
No hubo manera de calmar los ánimos de los allí reunidos.
-¡Abajo el alcalde! – gritaban unos.
-¡Ese hombre es un pelele! – decían otros.
-¡Que los del Ayuntamiento nos den una solución! – exigían los de más allá.
Con las mujeres la cosa era peor.
– Pero, ¿qué se creen? – vociferaban -. ¡Busquen el modo de librarnos de la plaga de las ratas! ¡O hallan el remedio de terminar con esta situación o los arrastraremos por las calles! ¡Así lo haremos, como hay Dios!
Al oír tales amenazas, el alcalde y los concejales quedaron consternados y temblando de miedo.
¿Qué hacer?
Una larga hora estuvieron sentados en el salón de la alcaldía discurriendo en la forma de lograr atacar a las ratas. Se sentían tan preocupados, que no encontraban ideas para lograr una buena solución contra la plaga.
Por fin, el alcalde se puso de pie para exclamar:
-¡Lo que yo daría por una buena ratonera!
Apenas se hubo extinguido el eco de la última palabra, cuando todos los reunidos oyeron algo inesperado. En la puerta del Concejo Municipal sonaba un ligero repiqueteo.
-¡Dios nos ampare! – gritó el alcalde, lleno de pánico -. Parece que se oye el roer de una rata. ¿Me habrán oído?
Los ediles no respondieron, pero el repiqueteo siguió oyéndose.
-¡Pase adelante el que llama! – vociferó el alcalde, con voz temblorosa y dominando su terror.
Y entonces entró en la sala el más extraño personaje que se puedan imaginar.
Llevaba una rara capa que le cubría del cuello a los pies y que estaba formada por recuadros negros, rojos y amarillos. Su portador era un hombre alto, delgado y con agudos ojos azules, pequeños como cabezas de alfiler. El pelo le caía lacio y era de un amarillo claro, en contraste con la piel del rostro que aparecía tostada, ennegrecida por las inclemencias del tiempo. Su cara era lisa, sin bigotes ni barbas; sus labios se contraían en una sonrisa que dirigía a unos y otros, como si se hallara entre grandes amigos.
Alcalde y concejales le contemplaron boquiabiertos, pasmados ante su alta figura y cautivados, a la vez, por su estrambótico atractivo.
El desconocido avanzó con gran simpatía y dijo:
– Perdonen, señores, que me haya atrevido a interrumpir su importante reunión, pero es que he venido a ayudarlos. Yo soy capaz, mediante un encanto secreto que poseo, de atraer hacia mi persona a todos los seres que viven bajo el sol. Lo mismo da si se arrastran sobre el suelo que si nadan en el agua, que si vuelan por el aire o corran sobre la tierra. Todos ellos me siguen, como ustedes no pueden imaginárselo.
Principalmente, uso de mi poder mágico con los animales que más daño hacen en los pueblos, ya sean topos o sapos, víboras o lagartijas. Las gentes me conocen como el Flautista Mágico.
En tanto lo escuchaban, el alcalde y los concejales se dieron cuenta que en torno al cuello lucía una corbata roja con rayas amarillas, de la que pendía una flauta.
También observaron que los dedos del extraño visitante se movían inquietos, al compás de sus palabras, como si sintieran impaciencia por alcanzar y tañer el instrumento que colgaba sobre sus raras vestiduras.
El flautista continuó hablando así:
– Tengan en cuenta, sin embargo, que soy hombre pobre. Por eso cobro por mi trabajo. El año pasado libré a los habitantes de una aldea inglesa, de una monstruosa invasión de murciélagos, y a una ciudad asiática le saqué una plaga de mosquitos que los mantenía a todos enloquecidos por las picaduras.
Ahora bien, si los libro de la preocupación que los molesta, ¿me darían un millar de florines?
-¿Un millar de florines? ¡Cincuenta millares!- respondieron a una el asombrado alcalde y el concejo entero.
Poco después bajaba el flautista por la calle principal de Hamelin. Llevaba una fina sonrisa en sus labios, pues estaba seguro del gran poder que dormía en el alma de su mágico instrumento.
De pronto se paró. Tomó la flauta y se puso a soplarla, al mismo tiempo que guiñaba sus ojos de color azul verdoso. Chispeaban como cuando se espolvorea sal sobre una llama.
Arrancó tres vivísimas notas de la flauta.
Al momento se oyó un rumor. Pareció a todas las gentes de Hamelin como si lo hubiese producido todo un ejército que despertase a un tiempo. Luego el murmullo se transformó en ruido y, finalmente, éste creció hasta convertirse en algo estruendoso.
¿Y saben lo que pasaba? Pues que de todas las casas empezaron a salir ratas.
Salían a torrentes. Lo mismo las ratas grandes que los ratones chiquitos; igual los roedores flacuchos que los gordinflones. Padres, madres, tías y primos ratoniles, con sus tiesas colas y sus punzantes bigotes. Familias enteras de tales bichos se lanzaron en pos del flautista, sin reparar en charcos ni hoyos.

Y el flautista seguía tocando sin cesar, mientras recorría calle tras calle. Y en pos iba todo el ejército ratonil danzando sin poder contenerse. Y así bailando, bailando llegaron las ratas al río, en donde fueron cayendo todas, ahogándose por completo.
Sólo una rata logró escapar. Era una rata muy fuerte que nadó contra la corriente y pudo llegar a la otra orilla. Corriendo sin parar fue a llevar la triste nueva de lo sucedido a su país natal, Ratilandia.
Una vez allí contó lo que había sucedido.
– Igual les hubiera sucedido a todas ustedes. En cuanto llegaron a mis oídos las primeras notas de aquella flauta no pude resistir el deseo de seguir su música. Era como si ofreciesen todas las golosinas que encandilan a una rata. Imaginaba tener al alcance todos los mejores bocados; me parecía una voz que me invitaba a comer a dos carrillos, a roer cuanto quería, a pasarme noche y día en eterno banquete, y que me incitaba dulcemente, diciéndome: “¡Anda, atrévete!” Cuando recuperé la noción de la realidad estaba en el río y a punto de ahogarme como las demás.
¡Gracias a mi fortaleza me he salvado!
Esto asustó mucho a las ratas que se apresuraron a esconderse en sus agujeros.
Y, desde luego, no volvieron más a Hamelin.
¡Había que ver a las gentes de Hamelin!
Cuando comprobaron que se habían librado de la plaga que tanto les había molestado, echaron al vuelo las campanas de todas las iglesias, hasta el punto de hacer retemblar los campanarios.
El alcalde, que ya no temía que le arrastraran, parecía un jefe dando órdenes a los vecinos:
-¡Vamos! ¡Busquen palos y ramas! ¡Hurguen en los nidos de las ratas y cierren luego las entradas! ¡Llamen a carpinteros y albañiles y procuren entre todos que no quede el menor rastro de las ratas!
Así estaba hablando el alcalde, muy ufano y satisfecho. Hasta que, de pronto, al volver la cabeza, se encontró cara a cara con el flautista mágico, cuya arrogante y extraña figura se destacaba en la plaza-mercado de Hamelin.
El flautista interrumpió sus órdenes al decirle:
– Creo, señor alcalde, que ha llegado el momento de darme mis mil florines.
¡Mil florines! ¡Qué se pensaba! ¡Mil florines!
El alcalde miró hoscamente al tipo extravagante que se los pedía. Y lo mismo hicieron sus compañeros de corporación, que le habían estado rodeando mientras mandoteaba.
¿Quién pensaba en pagar a semejante vagabundo de la capa coloreada?
-¿Mil florines… ?- dijo el alcalde -. ¿Por qué?
– Por haber ahogado las ratas – respondió el flautista.
-¿Que tú has ahogado las ratas? – exclamó con fingido asombro la primera autoridad de Hamelin, haciendo un guiño a sus concejales -. Ten muy en cuenta que nosotros trabajamos siempre a la orilla del río, y allí hemos visto, con nuestros propios ojos, cómo se ahogaba aquella plaga. Y, según creo, lo que está bien muerto no vuelve a la vida. No vamos a regatearte un trago de vino para celebrar lo ocurrido y también te daremos algún dinero para rellenar tu bolsa. Pero eso de los mil florines, como te puedes figurar, lo dijimos en broma. Además, con la plaga hemos sufrido muchas pérdidas… ¡Mil florines! ¡Vamos, vamos…! Toma cincuenta.
El flautista, a medida que iba escuchando las palabras del alcalde, iba poniendo un rostro muy serio. No le gustaba que lo engañaran con palabras más o menos melosas y menos con que se cambiase el sentido de las cosas.
-¡No diga más tonterías, alcalde! – exclamó -. No me gusta discutir. Hizo un pacto conmigo, ¡cúmplalo!
-¿Yo? ¿Yo, un pacto contigo? – dijo el alcalde, fingiendo sorpresa y actuando sin ningún remordimiento pese a que había engañado y estafado al flautista.
Sus compañeros de corporación declararon también que tal cosa no era cierta.
El flautista advirtió muy serio:
-¡Cuidado! No sigan excitando mi cólera porque darán lugar a que toque mi flauta de modo muy diferente.
Tales palabras enfurecieron al alcalde.
-¿Cómo se entiende? – bramó -. ¿Piensas que voy a tolerar tus amenazas? ¿Que voy a consentir en ser tratado peor que un cocinero? ¿Te olvidas que soy el alcalde de Hamelin? ¿Qué te has creído?
El hombre quería ocultar su falta de formalidad a fuerza de gritos, como siempre ocurre con los que obran de este modo.
Así que siguió vociferando:
-¡A mí no me insulta ningún vago como tú, aunque tenga una flauta mágica y unos ropajes como los que tú luces!
-¡Se arrepentirán!
-¿Aun sigues amenazando, pícaro vagabundo?- aulló el alcalde, mostrando el puño a su interlocutor -. ¡Haz lo que te parezca, y sopla la flauta hasta que revientes!
El flautista dio media vuelta y se marchó de la plaza.
Empezó a andar por una calle abajo y entonces se llevó a los labios la larga y bruñida caña de su instrumento, del que sacó tres notas. Tres notas tan dulces, tan melodiosas, como jamás músico alguno, ni el más hábil, había conseguido hacer sonar.
Eran arrebatadoras, encandilaban al que las oía.
Se despertó un murmullo en Hamelin. Un susurro que pronto pareció un alboroto y que era producido por alegres grupos que se precipitaban hacia el flautista, atropellándose en su apresuramiento.
Numerosos piececitos corrían batiendo el suelo, menudos zuecos repiqueteaban sobre las losas, muchas manitas palmoteaban y el bullicio iba en aumento. Y como pollos en un gran gallinero, cuando ven llegar al que les trae su ración de cebada, así salieron corriendo de casas y palacios, todos los niños, todos los muchachos y las jovencitas que los habitaban, con sus rosadas mejillas y sus rizos de oro, sus chispeantes ojitos y sus dientecitos semejantes a perlas. Iban tropezando y saltando, corriendo gozosamente tras del maravilloso músico, al que acompañaban con su vocerío y sus carcajadas.
El alcalde enmudeció de asombro y los concejales también.
Quedaron inmóviles como tarugos, sin saber qué hacer ante lo que estaban viendo. Es más, se sentían incapaces de dar un solo paso ni de lanzar el menor grito que impidiese aquella escapatoria de los niños.
No se les ocurrió otra cosa que seguir con la mirada, es decir, contemplar con muda estupidez, la gozosa multitud que se iba en pos del flautista.
Sin embargo, el alcalde salió de su pasmo y lo mismo les pasó a los concejales cuando vieron que el mágico músico se internaba por la calle Alta camino del río.
¡Precisamente por la calle donde vivían sus propios hijos e hijas!
Por fortuna, el flautista no parecía querer ahogar a los niños. En vez de ir hacia el río, se encaminó hacia el sur, dirigiendo sus pasos hacia la alta montaña, que se alzaba próxima. Tras él siguió, cada vez más presurosa, la menuda tropa.
Semejante ruta hizo que la esperanza levantara los oprimidos pechos de los padres.
-¡Nunca podrá cruzar esa intrincada cumbre! – se dijeron las personas mayores -.
Además, el cansancio le hará soltar la flauta y nuestros hijos dejarán de seguirlo.
Mas he aquí que, apenas empezó el flautista a subir la falda de la montaña, las tierras se agrietaron y se abrió un ancho y maravilloso portalón. Pareció como si alguna potente y misteriosa mano hubiese excavado repentinamente una enorme gruta.
Por allí penetró el flautista, seguido de la turba de chiquillos. Y así que el último de ellos hubo entrado, la fantástica puerta desapareció en un abrir y cerrar de ojos, quedando la montaña igual que como estaba.
Sólo quedó fuera uno de los niños. Era cojo y no pudo acompañar a los otros en sus bailes y corridas.
A él acudieron el alcalde, los concejales y los vecinos, cuando se les pasó el susto ante lo ocurrido.
Y lo hallaron triste y cariacontecido.
Como le reprocharon que no se sintiera contento por haberse salvado de la suerte de sus compañeros, replicó:
-¿Contento? ¡Al contrario! Me he perdido todas las cosas bonitas con que ahora se estarán recreando. También a mí me las prometió el flautista con su música, si le seguía; pero no pude.
-¿Y qué les prometía? – preguntó su padre, curioso.
– Dijo que nos llevaría a todos a una tierra feliz, cerca de esta ciudad donde abundan los manantiales cristalinos y se multiplican los árboles frutales, donde las flores se colorean con matices más bellos, y todo es extraño y nunca visto. Allí los gorriones brillan con colores más hermosos que los de nuestros pavos reales; los perros corren más que los gamos de por aquí. Y las abejas no tienen aguijón, por lo que no hay miedo que nos hieran al arrebatarles la miel. Hasta los caballos son extraordinarios: nacen con alas de águila.
– Entonces, si tanto te cautivaba, ¿por qué no lo seguiste?
– No pude, por mi pierna enferma- se dolió el niño -. Cesó la música y me quedé inmóvil. Cuando me di cuenta que esto me pasaba, vi que los demás habían desaparecido por la colina, dejándome solo contra mi deseo.
¡Pobre ciudad de Hamelin! ¡Cara pagaba su avaricia!
El alcalde mandó gentes a todas partes con orden de ofrecer al flautista plata y oro con qué rellenar sus bolsillos, a cambio de que volviese trayendo los niños.
Cuando se convencieron de que perdían el tiempo y de que el flautista y los niños habían partido para siempre, ¡cuánto dolor experimentaron las gentes! ¡Cuántas lamentaciones y lágrimas! ¡Y todo por no cumplir con el pacto establecido!
Para que todos recordasen lo sucedido, el lugar donde vieron desaparecer a los niños lo titularon Calle del Flautista Mágico. Además, el alcalde ordenó que todo aquel que se atreviese a tocar en Hamelin una flauta o un tamboril, perdiera su ocupación para siempre. Prohibió, también, a cualquier hostería o mesón que en tal calle se instalase, profanar con fiestas o algazaras la solemnidad del sitio.
Luego fue grabada la historia en una columna y la pintaron también en el gran ventanal de la iglesia para que todo el mundo la conociese y recordasen cómo se habían perdido aquellos niños de Hamelin.
EL ÁRBOL DE NAVIDAD
                                                          Ranim, 3º A
Lía miraba el árbol anonadada. Siempre le habían gustado los abetos; pero nunca se había parado tan cerca de uno. Estaba feliz porque finalmente su padre se había decidido a sembrar uno en el jardín. El árbol extendía sus brazos como queriendo abrazar al mundo y ella sentía que a su lado siempre podría estar a salvo y soñaba con que crecían juntos y serían amigos para siempre.
                                                             FIN

domingo, 12 de noviembre de 2017

El Hobbit

Esto de los mundos de fantasía me está gustando. ¿Por qué no probar con el libro del gran J.R.Tolkien? El Hobbit habla de unos seres fascinantes que viven en la Tierra Media, y de las deliciosas aventuras de su protagonista. Disfruta de este trocito que te presento y si te gusta... ya sabes a la biblioteca a por él. Este libro es de mucha calidad.



Capítulo 1
UNA TERTULIA INESPERADA
En un agujero en el suelo, vivía un hobbit. No un agujero húmedo,
sucio, repugnante, con restos de gusanos y olor a fango, ni
tampoco un agujero seco, desnudo y arenoso, sin nada en que
sentarse o que comer: era un agujero-hobbit, y eso significa comodidad.
Tenía una puerta redonda, perfecta como un ojo de buey, pintada
de verde, con una manilla de bronce dorada y brillante, justo
en el medio. La puerta se abría a un vestíbulo cilíndrico, como un
túnel: un túnel muy cómodo, sin humos, con paredes revestidas
de madera y suelos enlosados y alfombrados, provistos de sillas
barnizadas, y montones y montones de perchas para sombreros y
abrigos; el hobbit era aficionado a las visitas. El túnel se extendía
serpeando, y penetraba bastante, pero no directamente, en la ladera
de la colina –La Colina, como la llamaba toda la gente de muchas
millas alrededor–, y muchas puertecitas redondas se abrían
en él, primero a un lado y luego al otro. Nada de subir escaleras
para el hobbit: dormitorios, cuartos de baño, bodegas, despensas
(muchas), armarios (habitaciones enteras dedicadas a ropa), cocinas,
comedores, se encontraban en la misma planta, y en verdad
en el mismo pasillo. Las mejores habitaciones estaban todas a la izquierda
de la puerta principal, pues eran las únicas que tenían ventanas,
ventanas redondas, profundamente excavadas, que miraban
al jardín y los prados de más allá, camino del río.

Este hobbit era un hobbit acomodado, y se apellidaba Bolsón.
Los Bolsón habían vivido en las cercanías de La Colina desde hacía
muchísimo tiempo, y la gente los consideraba muy respetables,
no sólo porque casi todos eran ricos, sino también porque
nunca tenían ninguna aventura ni hacían algo inesperado: uno
podía saber lo que diría un Bolsón acerca de cualquier asunto sin
necesidad de preguntárselo. Ésta es la historia de cómo un Bolsón
tuvo una aventura, y se encontró a sí mismo haciendo y diciendo
cosas por completo inesperadas. Podría haber perdido el respeto
de los vecinos, pero ganó... Bueno, ya veréis si al final ganó algo.
La madre de nuestro hobbit particular... pero ¿qué es un hobbit?
Supongo que los hobbits necesitan hoy que se los describa de
algún modo, ya que se volvieron bastante raros y tímidos con la
Gente Grande, como nos llaman. Son (o fueron) gente menuda de
la mitad de nuestra talla, y más pequeños que los enanos barbados.
Los hobbits no tienen barba. Hay poca o ninguna magia en ellos,
excepto esa común y cotidiana que los ayuda a desaparecer en silencio
y rápidamente, cuando gente grande y estúpida como vosotros
o yo se acerca sin mirar por dónde va, con un ruido de elefantes
que puede oírse a una milla de distancia. Tienden a ser
gruesos de vientre; visten de colores brillantes (sobre todo verde y
amarillo); no usan zapatos, porque en los pies tienen suelas naturales
de piel y un pelo espeso y tibio de color castaño, como el que
les crece en la cabeza (que es rizado); los dedos son largos, mañosos
y morenos, los rostros afables, y se ríen con profundas y jugosas risas
(especialmente después de cenar, lo que hacen dos veces al día,
cuando pueden). Ahora sabéis lo suficiente como para continuar
el relato. Como iba diciendo, la madre de este hobbit –o sea, Bilbo
Bolsón– era la famosa Belladonna Tuk, una de las tres extraordinarias
hijas del Viejo Tuk, patriarca de los hobbits que vivían al
otro lado de El Agua, el riachuelo que corría al pie de La Colina.
Se decía a menudo (en otras familias) que tiempo atrás un antepasado
de los Tuk se había casado sin duda con un hada. Eso era, desde
luego, absurdo, pero por cierto había todavía algo no del todo
hobbit en ellos, y de cuando en cuando miembros del clan Tuk salían
a correr aventuras. Desaparecían con discreción, y la familia
echaba tierra sobre el asunto; pero los Tuk no eran tan respetables
como los Bolsón, aunque indudablemente más ricos.
Al menos Belladonna Tuk no había tenido ninguna aventura
después de convertirse en la señora de Bungo Bolsón. Bungo, el
el hobbit padre de Bilbo, le construyó el agujero-hobbit más lujoso (en parte
con el dinero de ella) que pudiera encontrarse bajo La Colina o
sobre La Colina o al otro lado de El Agua, y allí se quedaron hasta
el fin. No obstante, es probable que Bilbo, hijo único, aunque se
parecía y se comportaba exactamente como una segunda edición
de su padre, firme y comodón, tuviese alguna rareza de carácter
del lado de los Tuk, algo que sólo esperaba una ocasión para salir a
la luz. La ocasión no llegó a presentarse nunca, hasta que Bilbo
Bolsón fue un adulto que rondaba los cincuenta años y vivía en el
hermoso agujero-hobbit que acabo de describiros, y cuando en
verdad ya parecía que se había asentado allí para siempre.
Por alguna curiosa coincidencia, una mañana de hace tiempo
en la quietud del mundo, cuando había menos ruido y más verdor,
y los hobbits eran todavía numerosos y prósperos, y Bilbo
Bolsón estaba de pie en la puerta del agujero, después del desayuno,
fumando una enorme y larga pipa de madera que casi le llegaba
a los dedos lanudos de los pies (bien cepillados), Gandalf apareció
de pronto. ¡Gandalf ! Si sólo hubieseis oído un cuarto de lo
que yo he oído de él, y he oído sólo muy poco de todo lo que hay
que oír, estaríais preparados para cualquier especie de cuento notable.
Cuentos y aventuras brotaban por dondequiera que pasara,
de la forma más extraordinaria. No había bajado a aquel camino al
pie de La Colina desde hacía años y años, desde la muerte de su
amigo el Viejo Tuk, y los hobbits casi habían olvidado cómo era.
Había estado lejos, más allá de La Colina y del otro lado de El
Agua por asuntos particulares, desde el tiempo en que todos ellos
eran pequeños niños hobbits y niñas hobbits.
Todo lo que el confiado Bilbo vio aquella mañana fue un anciano
con un bastón. Tenía un sombrero azul, alto y puntiagudo,
una larga capa gris, una bufanda de plata sobre la que colgaba una
barba larga y blanca hasta más abajo de la cintura, y botas negras.
–¡Buenos días! –dijo Bilbo, y esto era exactamente lo que quería
decir. El sol brillaba y la hierba estaba muy verde. Pero Gandalf
lo miró desde abajo de las cejas largas y espesas, más sobresalientes
que el ala del sombrero, que le ensombrecía la cara.
una tertulia inesperada
–¿Qué quieres decir? –preguntó–. ¿Me deseas un buen día, o
quieres decir que es un buen día, lo quiera yo o no; o que hoy te
sientes bien; o que es un día en que conviene ser bueno?
–Todo eso a la vez –dijo Bilbo–. Y un día estupendo para una
pipa de tabaco a la puerta de casa, además. ¡Si lleváis una pipa encima,
sentaos y tomad un poco de mi tabaco! ¡No hay prisa, tenemos
todo el día por delante! –Entonces Bilbo se sentó en una silla
junto a la puerta, cruzó las piernas y lanzó un hermoso anillo de
humo gris que navegó en el aire sin romperse, y se alejó flotando
sobre La Colina.
–¡Muy bonito! –dijo Gandalf–. Pero esta mañana no tengo
tiempo para anillos de humo. Busco a alguien con quien compartir
una aventura que estoy planeando, y es difícil dar con él.
–Pienso lo mismo... En estos lugares somos gente sencilla y tranquila
y no estamos acostumbrados a las aventuras. ¡Cosas desagradables,
molestas e incómodas que retrasan la cena! No me explico
por qué atraen a la gente –dijo nuestro señor Bolsón, y metiendo
un pulgar detrás del tirante, lanzó otro anillo de humo más grande
aún. Luego sacó el correo matutino y se puso a leer, fingiendo ignorar
al viejo. Pero el viejo no se movió. Permaneció apoyado en
el bastón observando al hobbit sin decir nada, hasta que Bilbo se
sintió bastante incómodo y aun un poco enfadado–. ¡Buenos días!
–dijo al fin–. ¡No queremos aventuras aquí, gracias! ¿Por qué no
probáis más allá de La Colina o al otro lado de El Agua? –Con esto
daba a entender que la conversación había terminado.
–¡Para cuántas cosas empleas el Buenos días! –dijo Gandalf–.
Ahora quieres decir que intentas deshacerte de mí y que no serán
buenos hasta que me vaya.
–¡De ningún modo, de ningún modo, mi querido señor! Veamos,
no creo conocer vuestro nombre...
–¡Sí, sí, mi querido señor, y yo sí que conozco tu nombre, señor
Bilbo Bolsón! Y tú también sabes el mío, aunque no me unas
a él. ¡Yo soy Gandalf, y Gandalf soy yo! ¡Quién iba a pensar que
un hijo de Belladonna Tuk me daría los buenos días como si yo
fuese vendiendo botones de puerta en puerta!

–¡Gandalf, Gandalf ! ¡Válgame el cielo! ¿No sois vos el mago
errante que dio al Viejo Tuk un par de botones mágicos de diamante
que se abrochaban solos y no se desabrochaban hasta que les
dabas una orden? ¿No sois vos quien contaba en las reuniones
aquellas historias maravillosas de dragones y trasgos y gigantes y
rescates de princesas y la inesperada fortuna de los hijos de madre
viuda? ¿No el hombre que acostumbraba a fabricar aquellos fuegos
de artificio tan excelentes? ¡Los recuerdo! El Viejo Tuk los preparaba
en los solsticios de verano. ¡Espléndidos! Subían como grandes
lirios, cabezas de dragón y árboles de fuego que quedaban suspendidos
en el aire durante todo el crepúsculo. –Ya os habréis dado
cuenta de que el señor Bolsón no era tan prosaico como él mismo
creía, y también de que era muy aficionado a las flores.– ¡Diantre!
–continuó–. ¿No sois vos el Gandalf responsable de que tantos y
tantos jóvenes apacibles partiesen hacia el Azul en busca de locas
aventuras? Cualquier cosa desde trepar árboles a visitar elfos... o
zarpar en barcos, ¡y navegar hacia otras costas! ¡Caramba!, la vida
era bastante apacible entonces... Quiero decir, en un tiempo tuvisteis
la costumbre de perturbarlo todo en estos sitios. Os pido perdón,
pero no tenía ni idea de que todavía estuvieseis en actividad.
–¿Dónde si no iba a estar? –dijo el mago–. De cualquier modo,
me complace descubrir que aún recuerdas algo de mí. Al menos,
parece que recuerdas con cariño mis fuegos artificiales, y eso es
reconfortante. Y en verdad, por la memoria de tu viejo abuelo
Tuk y por la memoria de la pobre Belladonna, te concederé lo
que has pedido.
–Perdón, ¡yo no he pedido nada!
–¡Sí, sí, lo has hecho! Dos veces ya. Mi perdón. Te lo doy. De
hecho iré tan lejos como para embarcarme en esa aventura. Muy
divertida para mí, muy buena para ti... y quizá también muy provechosa,
si sales de ella sano y salvo.
–¡Disculpad! No quiero ninguna aventura, gracias. Hoy no.
¡Buenos días! Pero venid a tomar el té... ¡cuando gustéis! ¿Por qué
no mañana? ¡Sí, venid mañana! ¡Adiós! –Con esto el hobbit retrocedió
escabulléndose por la redonda puerta verde, y la cerró lo
una tertulia inesperada más rápido que pudo sin llegar a parecer grosero. Al fin y al cabo,
un mago es un mago.
«¡Para qué diablos lo habré invitado al té!», se dijo Bilbo cuando
iba hacia la despensa. Acababa de desayunar hacía muy poco,
pero pensó que un pastelillo o dos y un trago de algo le sentarían
bien después del sobresalto.
Gandalf, mientras tanto, seguía a la puerta, riéndose larga y
apaciblemente. Al cabo de un rato subió, y con la punta del bastón
dibujó un signo extraño en la hermosa puerta verde del hobbit.
Luego se alejó a grandes zancadas, justo en el momento en
que Bilbo ya estaba terminando el segundo pastel y empezando a
pensar que había conseguido librarse al fin de cualquier posible
aventura.
Al día siguiente casi se había olvidado de Gandalf. No recordaba
muy bien las cosas, a menos que las escribiese en la Libreta de
Compromisos; de este modo: Gandalf Té Miércoles. El día anterior
había estado demasiado aturdido como para ponerse a anotar.
Un momento antes de la hora del té se oyó un tremendo campanillazo
en la puerta principal, ¡y entonces se acordó! Se apresuró
y puso la marmita, sacó otra taza y un platillo y un pastel o dos
más, y corrió a la puerta.
«¡Siento de veras haberle hecho esperar!», iba a decir, cuando
vio que en realidad no era Gandalf. Era un enano de barba azul,
recogida en un cinturón dorado, y ojos muy brillantes bajo el capuchón
verde oscuro. Tan pronto como la puerta se abrió, entró
de prisa como si le estuviesen esperando.
Colgó la capa encapuchada en la percha más cercana, y
–¡Dwalin, a vuestro servicio! –dijo saludando con una reverencia.
–¡Bilbo Bolsón, al vuestro! –dijo el hobbit, demasiado sorprendido
como para hacer cualquier pregunta por el momento.
Cuando el silencio que siguió empezó a hacerse incómodo, añadió–:
Estoy a punto de tomar el té; por favor, acercaos y tomad
algo conmigo. –Un tanto tieso, tal vez, pero habló con amabilidad.
¿Y qué haríais vosotros, si un enano llegara de súbito y colgara
sus cosas en vuestro vestíbulo sin dar explicaciones?
Llevaban apenas un rato sentados a la mesa, en verdad estaban
empezando el tercer pastelillo, cuando resonó otro campanillazo
todavía más estridente.
–¡Disculpad! –dijo el hobbit, y se encaminó hacia la puerta.
«¡Así que al fin habéis venido!» Esto era lo que iba a decirle
ahora a Gandalf. Pero no era Gandalf. En cambio, vio en el umbral
un enano que parecía muy viejo, de barba blanca y capuchón
escarlata; y éste también entró de un salto tan pronto como la
puerta se abrió, como si fuera un invitado.
–Veo que han empezado a llegar –dijo cuando vio en la percha
el capuchón verde de Dwalin. Colocó el suyo rojo junto al otro y
–¡Balin, a vuestro servicio! –dijo con la mano en el pecho.
–¡Gracias! –dijo Bilbo casi sin voz. No era la respuesta más
apropiada, pero el han empezado a llegar lo había dejado perplejo.
Le gustaban las visitas, aunque prefería conocerlas antes de que
llegasen, e invitarlas él mismo. Tenía el terrible presentimiento de
que los pasteles no serían suficientes, y como conocía las obligaciones
de un anfitrión y las cumplía con puntualidad aunque le
parecieran penosas, quizá él se quedara sin ninguno.
–¡Entre, y sírvase una taza de té! –consiguió decir luego de tomar
aliento.
–Un poco de cerveza me iría mejor, si a vos no os importa, mi
buen señor –dijo Balin, el de la barba blanca–. Pero no me incomodaría
un pastelillo, un pastelillo de semillas, si tenéis alguno.
–¡Muchos! –se encontró Bilbo respondiendo, sorprendido, y
se encontró, también, corriendo a la bodega para echar en una jarra
una pinta de cerveza, y después a la despensa a recoger dos sabrosos
pastelillos de semillas que había hecho esa tarde para el refrigerio
de después de la cena.
Cuando regresó, Balin y Dwalin estaban charlando a la mesa
como viejos amigos (en realidad eran hermanos). Bilbo depositó
la cerveza y el pastel delante de ellos, cuando de nuevo se oyó un
fuerte campanillazo, y después otro.
«¡Gandalf de seguro esta vez!», pensó mientras resoplaba por el
pasillo. Pero no; eran dos enanos más, ambos con capuchones
una tertulia inesperada azules, cinturones de plata y barbas amarillas; y cada uno de ellos
llevaba una bolsa de herramientas y una pala. Saltaron al interior
tan pronto la puerta comenzó a abrirse. Bilbo ya apenas se
sorprendió.
–¿En qué puedo yo serviros, mis queridos enanos? –dijo.
–¡Kíli, a vuestro servicio! –dijo uno–. ¡Y Fíli! –añadió el otro;
y ambos se sacaron a toda prisa los capuchones azules e hicieron
una reverencia.
–¡Al vuestro y al de vuestra familia! –replicó Bilbo, recordando
esta vez sus buenos modales.
–Veo que Dwalin y Balin están ya aquí –dijo Kíli–. ¡Unámonos
al tropel!
«¡Tropel!», pensó el señor Bolsón. «No me gusta el sonido de
esa palabra. Necesito sentarme un minuto y recapacitar, y echar
un trago.» Sólo había alcanzado a mojarse los labios, en un rincón,
mientras los cuatro enanos se sentaban en torno a la mesa, y charlaban
sobre minas y oro y problemas con los trasgos, y las depredaciones
de los dragones, y un montón de otras cosas que él no
entendía, y no quería entender, pues parecían demasiado aventureras,
cuando, din-don-dan, la campana sonó de nuevo, como si
algún travieso niño hobbit intentase arrancar el llamador.
–¡Alguien más a la puerta! –dijo parpadeando.
–Por el sonido yo diría que unos cuatro –dijo Fíli–. Además,
los vimos venir detrás de nosotros a lo lejos.
El pobrecito hobbit se sentó en el vestíbulo y apoyando la cabeza
en las manos, se preguntó qué había pasado, y qué pasaría
ahora, y si todos se quedarían a cenar. En ese momento la campana
sonó de nuevo más fuerte que nunca, y tuvo que correr hacia
la puerta. Y no eran cuatro, sino cinco. Otro enano se les había
acercado mientras él seguía en el vestíbulo preguntándose qué
ocurría. Apenas había girado la manija y ya todos estaban dentro,
haciendo reverencias y diciendo uno tras otro «a vuestro servicio
». Dori, Nori, Ori, Óin y Glóin eran sus nombres, y al momento
dos capuchones de color púrpura, uno gris, uno castaño y
uno blanco colgaban de las perchas, y allá fueron los enanos con
las manos anchas metidas en los cinturones de oro y plata a reunirse
con los otros. Ya casi eran un tropel. Unos pedían cerveza
del país, otros cerveza negra, uno café, y todos ellos pastelillos; así
que tuvieron al hobbit muy ocupado durante un rato.
Una gran cafetera había sido puesta a la lumbre, los pastelillos
de semillas ya se habían acabado, y los enanos empezaban una
ronda de bollos con mantequilla, cuando de pronto... un fuerte
golpe. No un campanillazo, sino un fuerte toc-toc en la preciosa
puerta verde del hobbit. ¡Alguien estaba llamando a bastonazos!
Bilbo corrió por el pasillo, muy enfadado, y por completo atribulado
y compungido; éste era el miércoles más desagradable que
pudiera recordar. Abrió la puerta de un bandazo, y todos rodaron
dentro, uno sobre otro. Más enanos, ¡cuatro más! Y detrás Gandalf,
apoyado en su vara y riendo. Había hecho una muesca bastante
grande en la hermosa puerta; por cierto, también había borrado
la marca secreta que pusiera allí la mañana anterior.
–¡Tranquilidad, tranquilidad! –dijo–. ¡No es propio de ti, Bilbo,
tener a los amigos esperando en el felpudo y luego abrir la
puerta de sopetón! ¡Déjame presentarte a Bifur, Bofur, Bombur,
y sobre todo a Thorin!
–¡A vuestro servicio! –dijeron Bifur, Bofur y Bombur, los tres
en hilera. En seguida colgaron dos capuchones amarillos y uno
verde pálido; y también uno celeste con una larga borla de plata.
Este último pertenecía a Thorin, un enorme e importante enano,
de hecho nada más y nada menos que el propio Thorin Escudo
de Roble, a quien no le gustó nada caer de bruces sobre el
felpudo de Bilbo con Bifur, Bofur y Bombur sobre él. Ante
todo, Bombur era enormemente gordo y pesado. Thorin era
muy arrogante, y no dijo nada sobre servicio; pero el pobre señor
Bolsón le repitió tantas veces que lo sentía, que el enano gruñó
al fin:– Le ruego no lo mencione más –y dejó de fruncir el entrecejo.
–¡Vaya, ya estamos todos aquí! –dijo Gandalf, mirando la hilera
de trece capuchones, una muy vistosa colección de capuchones,
y su propio sombrero colgados en las perchas–. ¡Qué alegre! ¡Espero que quede algo de comer y beber para los rezagados!
¿Qué es eso? ¡Té! ¡No, gracias! Para mí un poco de vino
tinto.
–Y también yo –dijo Thorin.
–Y mermelada de frambuesa y tarta de manzana –dijo Bifur.
–Y pastelillos de carne y queso –dijo Bofur.
–Y pastel de carne de cerdo y también ensalada –dijo Bombur.
–Y más pasteles, y cerveza, y café, si no os importa –gritaron
los otros enanos al otro lado de la puerta.
–Prepara unos pocos huevos. ¡Qué gran amigo! –gritó Gandalf
mientras el hobbit corría a las despensas–. ¡Y saca el pollo frío y
unos encurtidos!
«¡Parece conocer el interior de mi despensa tanto como yo!»,
pensó el señor Bolsón, que se sentía del todo desconcertado y
empezaba a preguntarse si la más lamentable aventura no había
ido a caer justo a su propia casa. Cuando terminó de apilar las botellas
y los platos y los cuchillos y los tenedores y los vasos y las
fuentes y las cucharas y demás cosas en grandes bandejas, estaba
acalorado, rojo como la grana y muy fastidiado.
–¡Fustigados y condenados enanos! –dijo en voz alta–. ¿Por
qué no vienen y me echan una mano? –Y he aquí que allí estaban
Balin y Dwalin en la puerta de la cocina, y Fíli y Kíli tras ellos, y
antes de que pudiese decir cuchillo, ya se habían llevado a toda prisa
las bandejas y un par de mesas pequeñas al salón, y allí colocaron
todo otra vez.
Gandalf se puso a la cabecera, con los trece enanos alrededor, y
Bilbo se sentó en un taburete junto al fuego, mordisqueando una
galleta (había perdido el apetito) e intentando aparentar que todo
era normal y de ningún modo una aventura. Los enanos comieron
y comieron, charlaron y charlaron, y el tiempo pasó. Por último
echaron atrás las sillas, y Bilbo se puso en movimiento, recogiendo
platos y vasos.
–Supongo que os quedaréis todos a cenar –dijo en uno de sus
más educados y reposados tonos.
–¡Claro que sí! –dijo Thorin–, y después también. No nos me-
teremos en el asunto hasta más tarde, y antes podemos hacer un
poco de música. ¡Ahora a levantar las mesas!
En seguida los doce enanos –no Thorin, él era demasiado importante,
y se quedó charlando con Gandalf– se incorporaron de
un salto, e hicieron enormes pilas con todas las cosas. Allá se fueron,
sin esperar por las bandejas, llevando en equilibrio en una
mano las columnas de platos, cada una de ellas con una botella
encima, mientras el hobbit corría detrás casi dando chillidos de
miedo: –¡Por favor, cuidado! –y– ¡Por favor, no se molesten! Yo
me las arreglo. –Pero los enanos no le hicieron caso y se pusieron
a cantar:
¡Desportillad los vasos y destrozad los platos!
¡Embotad los cuchillos, doblad los tenedores!
¡Esto es lo que Bilbo Bolsón detesta tanto!
¡Estrellad las botellas y quemad los tapones!
¡Desgarrad el mantel, pisotead la manteca,
y derramad la leche en la despensa!
¡Echad los huesos en la alfombra del cuarto!
¡Salpicad de vino todas las puertas!
¡Vaciad los cacharros en un caldero hirviente;
hacedlos trizas a barrotazos;
y cuando terminéis, si aún algo queda entero,
echadlo a rodar pasillo abajo!
¡Esto es lo que Bilbo Bolsón detesta tanto!
¡De modo que cuidado! ¡Cuidado con los platos!
Y desde luego no hicieron ninguna de estas cosas terribles, y
todo se limpió y se guardó a la velocidad del rayo, mientras el hobbit
daba vueltas y más vueltas en medio de la cocina intentando ver
qué hacían. Al fin regresaron, y encontraron a Thorin con los pies
en el guardafuego fumándose una pipa. Estaba haciendo unos
enormes anillos de humo, y dondequiera que le dijera a uno que
fuese, allí iba –chimenea arriba, o detrás del reloj sobre la repisa, o
bajo la mesa, o girando y girando en el techo–, pero dondequiera
que fuesen no eran bastante rápidos para escapar a Gandalf. ¡Pop!
De la pipa de barro de Gandalf subía en seguida un anillo más pequeño
que atravesaba el último anillo de Thorin. Luego el anillo
de Gandalf tomaba un color verde, y bajaba a flotar sobre la cabeza
del mago. Tenía ya toda una nube alrededor, y a la luz indistinta
parecía una figura extraña y fantasmagórica. Bilbo permanecía inmóvil
y observaba –le encantaban los anillos de humo– y se sonrojó
al recordar qué orgulloso había estado de los anillos que en la
mañana anterior lanzara al viento sobre La Colina.
–¡Ahora un poco de música! –dijo Thorin–. ¡Sacad los instrumentos!
Kíli y Fíli se apresuraron a buscar las bolsas y trajeron unos pequeños
violines; Dori, Nori y Ori sacaron unas flautas de algún
bolsillo de los capotes; Bombur tamborileó desde el vestíbulo; Bifur
y Bofur salieron también, y volvieron con unos clarinetes que
habían dejado entre los bastones. Dwalin y Balin dijeron: –¡Disculpadme,
dejé el mío en el porche! –Y Thorin dijo:– ¡Trae el
mío también! –Regresaron con unas violas tan grandes como
ellos mismos, y con el arpa de Thorin envuelta en una tela verde.
Era una hermosa arpa dorada, y cuando Thorin la rasgueó, los
otros enanos empezaron juntos a tocar una música, tan súbita y
dulcemente que Bilbo olvidó todo lo demás, y fue transportado a
unas tierras distantes y oscuras, bajo lunas extrañas, lejos de El
Agua y muy lejos del agujero-hobbit bajo La Colina.
La oscuridad penetró en la habitación por el ventanuco que se
abría en la ladera de La Colina; el fuego parpadeaba –era abril– y
aún seguían tocando, mientras la sombra de la barba de Gandalf
danzaba contra la pared.
La oscuridad invadió toda la habitación, y el fuego se extinguió
y las sombras se borraron; y todavía seguían tocando. Y de pronto,
uno primero y luego otro, mientras tocaban, entonaron el
canto grave que antaño cantaran los enanos, en lo más hondo de
las viejas moradas, y estas líneas son como un fragmento de esa
canción, aunque no hay comparación posible sin la música.
Más allá de las frías y brumosas montañas,
a mazmorras profundas y cavernas antiguas,
en busca del metal amarillo encantado,
hemos de ir, antes que el día nazca.
Los enanos echaban hechizos poderosos
mientras las mazas tañían como campanas,
en simas donde duermen criaturas sombrías,
en salas huecas bajo las montañas.
Para el antiguo rey y el señor de los Elfos
los enanos labraban martilleando
un tesoro dorado, y la luz atrapaban
y en gemas la escondían en la espada.
En collares de plata ponían y engarzaban
estrellas florecientes, el fuego del dragón
colgaban en coronas, en metal retorcido
entretejían la luz de la luna y del sol.
Más allá de las frías y brumosas montañas,
a mazmorras profundas y cavernas antiguas,
a reclamar el oro hace tiempo olvidado,
hemos de ir, antes de que el día nazca.
Allí para ellos mismos labraban las vasijas
y las arpas de oro; pasaban mucho tiempo
donde otros no cavaban; y allí muchas canciones
cantaron que los hombres o los Elfos no oyeron.
Los vientos ululaban en medio de la noche,
y los pinos rugían en la cima.
El fuego era rojo, y llameaba extendiéndose,
los árboles como antorchas de luz resplandecían.
Las campanas tocaban en el valle,
y hombres de cara pálida observaban el cielo,
la ira del dragón, más violenta que el fuego,
derribaba las torres y las casas.
La montaña humeaba a la luz de la luna;
los enanos oyeron los pasos del destino,
huyeron y cayeron y fueron a morir
a los pies del palacio, a la luz de la luna.
Más allá de las hoscas y brumosas montañas,
a mazmorras profundas y cavernas antiguas,
a quitarle nuestro oro y las arpas,
¡hemos de ir, antes que el día nazca!
Mientras cantaban, el hobbit sintió dentro de él el amor de las
cosas hermosas hechas a mano con ingenio y magia; un amor fiero
y celoso, el deseo de los corazones de los enanos. Entonces
algo de los Tuk renació en él: deseó salir y ver las montañas enormes,
y oír los pinos y las cascadas, y explorar las cavernas, y llevar
una espada en vez de un bastón. Miró por la ventana. Las estrellas
asomaban fuera en el cielo oscuro, sobre los árboles. Pensó en las
joyas de los enanos que brillaban en las cavernas tenebrosas. De
repente, en el bosque de más allá de El Agua se alzó un fuego
–quizás alguien encendía una hoguera–, y pensó en dragones devastadores
que invadían la pacífica Colina envolviendo todo en
llamas. Se estremeció; y en seguida volvió a ser el sencillo señor
Bolsón, de Bolsón Cerrado, Sotomonte otra vez.
Se incorporó temblando. Tenía muy pocas ganas de traer la
lámpara, y apenas un poco más de fingir que iba a buscarla y
marcharse y esconderse luego en la bodega detrás de los barriles
de cerveza y no volver a salir hasta que los enanos se fueran. De
pronto advirtió que la música y el canto habían cesado y que todos
lo miraban con ojos brillantes en la oscuridad.
–¿Adónde vas? –le preguntó Thorin, en un tono que parecía
querer mostrar que adivinaba los pensamientos contradictorios
del hobbit.
–¿Qué os parece un poco de luz? –dijo Bilbo disculpándose.
–Nos gusta la oscuridad –dijeron todos los enanos–. ¡Oscuridad
para asuntos oscuros! Faltan aún muchas horas hasta el alba.
–¡Por supuesto! –dijo Bilbo, y volvió a sentarse a toda prisa.
No le acertó al taburete y se sentó en cambio en el guardafuegos,
derribando con estrépito el atizador y la pala.
–¡Silencio! –dijo Gandalf–. ¡Que hable Thorin! –Y así fue
como Thorin empezó.
–¡Gandalf, enanos y señor Bolsón! Nos hemos reunido en casa
de nuestro amigo y compañero conspirador, este hobbit de lo más
excelente y audaz. ¡Que nunca se le caiga el pelo de los pies!
¡Toda nuestra alabanza al vino y a la cerveza de la región!
Se detuvo a tomar un respiro y a esperar una cortés observación
del hobbit, pero al pobre Bilbo se le habían agotado las cortesías,
y movía la boca tratando de protestar porque lo habían llamado
audaz, y peor que eso, compañero conspirador, aunque no
emitió ningún sonido, se sentía de veras estupefacto. De modo
que Thorin continuó:
–Nos hemos reunido aquí para discutir nuestros planes, medios,
política y recursos. Emprenderemos ese largo viaje poco antes
que rompa el día, un viaje que para algunos de nosotros, o
quizá para todos (excepto para nuestro amigo y consejero, el ingenioso
mago Gandalf ) sea un viaje sin retorno. Éste es un momento
solemne. Nuestro objetivo, supongo, todos lo conocemos
bien. Para el estimable señor Bolsón, y quizá para uno o dos de los
enanos más jóvenes (creo que acertaría si nombrara a Kíli y a Fíli,
por ejemplo), la situación exacta y actual podría necesitar de una
breve explicación...
Éste era el estilo de Thorin. Era un enano importante. Si se lo
hubieran permitido, quizás habría seguido así hasta quedarse sin
aliento, sin dejar de decir a cada uno algo ya sabido. Pero lo interrumpieron
de mal modo. El pobre Bilbo no pudo soportarlo
más. Cuando oyó quizá sea un viaje sin retorno empezó a sentir que
un chillido le subía desde dentro, y muy pronto estalló como el
silbido de una locomotora a la salida de un túnel. Todos los enanos
se pusieron en pie de un salto derribando la mesa. Gandalf
golpeó el extremo de la vara mágica, que emitió una luz azul, y
en el resplandor se pudo ver al pobre hobbit de rodillas sobre la
alfombra junto al hogar, temblando como una gelatina que se derrite.
En seguida cayó de bruces al suelo, y se puso a gritar: –¡Alcanzado
por un rayo, alcanzado por un rayo! –una y otra vez, y
eso fue todo lo que pudieron sacarle durante largo tiempo. Así
que lo levantaron y lo tumbaron en un sofá de la sala, con un trago
a mano, y volvieron a sus oscuros asuntos.
–Excitable el compañerito –dijo Gandalf, mientras se sentaban
de nuevo–. Tiene extraños y graciosos ataques, pero es uno de los
mejores: tan fiero como un dragón en apuros.
Si habéis visto alguna vez un dragón en apuros, comprenderéis
que esto sólo podía ser una exageración poética aplicada a cualquier
hobbit, aun a Toro Bramador, el tío bisabuelo del Viejo
Tuk, tan enorme (como hobbit) que hasta podía montar a caballo.
En la batalla de los Campos Verdes había cargado contra las filas
de trasgos del Monte Gram, y blandiendo una porra de madera
le arrancó de cuajo la cabeza al rey Golfimbul. La cabeza salió
disparada unas cien yardas por el aire y fue a dar a la madriguera
de un conejo, y de esta forma, y a la vez, se ganó la batalla y se inventó
el juego del golf.
Mientras tanto, sin embargo, el más gentil descendiente de
Toro Bramador volvía a la vida en la sala de estar. Al cabo de un
rato y luego de un trago se arrastró nervioso hacia la puerta. Esto
fue lo que oyó; hablaba Glóin: –¡Hum! –o un bufido semejante–.
¿Creéis que servirá? Está muy bien que Gandalf diga que este
hobbit es fiero, pero un chillido como ése en un momento de excitación
bastaría para despertar al dragón y al resto de la parentela,
y matarnos a todos. ¡Creo que sonaba más a miedo que a excita-
ción! En verdad, si no fuese por la señal en la puerta, juraría que
habíamos venido a una casa equivocada. Tan pronto como eché
una ojeada a ese pequeñajo que se sacudía y resoplaba sobre el felpudo,
tuve mis dudas. ¡Más parece un tendero que un saqueador!
En ese momento el señor Bolsón abrió la puerta y entró. La
vena Tuk había ganado. De pronto sintió que si se quedaba sin
cama ni desayuno podría parecer realmente fiero. En cuanto al pequeñajo
que se sacudía sobre el felpudo, casi le hizo perder la cabeza.
Más tarde, y a menudo, la parte Bolsón se lamentaría de lo que
hizo entonces, y se diría: «Bilbo, fuiste un tonto; te decidiste a entrar
y metiste la pata».
–Perdonadme –dijo–, si por casualidad he oído lo que estabais
diciendo. No pretendo entender lo que habláis, ni esa referencia a
saqueadores, pero no creo equivocarme si digo que sospecháis
que no sirvo. –Esto es lo que él llamaba no perder la dignidad.–
Lo demostraré. No hay señal alguna en mi puerta, se pintó la semana
anterior, y estoy seguro de que habéis venido a la casa equivocada.
Desde el momento en que vi vuestras extrañas caras en el
umbral tuve mis dudas. Pero considerad que es la casa correcta.
Decidme lo que queréis que haga y lo intentaré, aunque tuviera
que ir desde aquí hasta el Este del Este y luchar con los hombres
gusanos del Último Desierto. Tuve, una vez, un tío architatarabuelo,
Toro Bramador Tuk, y...
–Sí, sí, pero eso fue hace mucho –dijo Glóin–. Estaba hablando
de vos. Y os aseguro que hay una marca en esta puerta: la normal
en el negocio, o la que hasta hace poco era normal. Saqueador
nocturno busca un buen trabajo, con mucha Excitación y Remuneración
razonable, así es como todo el mundo la entiende. Podéis decir
Buscador Experto de Tesoros en vez de saqueador si lo preferís. Algunos
lo hacen. Para nosotros es lo mismo. Gandalf nos dijo que había
un hombre de esas características por estos lugares, que buscaba
un trabajo inmediato, y que habían concertado una cita este
miércoles, aquí y a la hora del té.

–Claro que hay una marca –dijo Gandalf–. La puse yo mismo.
Por muy buenas razones. Me pedisteis que encontrara al hombre
decimocuarto para vuestra expedición, y elegí al señor Bilbo.
Basta que alguien diga que elegí al hombre o la casa equivocada y
podéis quedaros en trece y tener toda la mala suerte que queráis, o
volver a picar carbón.
Clavó la mirada con tal ira en Glóin que el enano se acurrucó
en la silla; y cuando Bilbo intentó abrir la boca para hacer una
pregunta, se volvió hacia él con el entrecejo fruncido, adelantando
las cejas espesas, hasta que el hobbit cerró la boca de golpe.
–Está bien –dijo Gandalf–. No discutamos más. He elegido al señor
Bolsón y eso tendría que bastar a todos. Si digo que es un saqueador
nocturno, lo es de veras, o lo será llegado el momento.
Hay mucho más en él de lo que imagináis y mucho más de lo que
él mismo se imagina. Tal vez (posiblemente) aún viváis todos para
agradecérmelo. Ahora, Bilbo, muchacho, ¡vete a buscar la lámpara
y pongamos un poco de luz a todo esto!
Sobre la mesa, a la luz de una gran lámpara de pantalla roja,
Gandalf extendió un trozo de pergamino bastante parecido a un
mapa.
–Esto lo hizo Thrór, tu abuelo, Thorin –dijo respondiendo a
las excitadas preguntas de los enanos–. Es un plano de la Montaña.
–No creo que nos sea de gran ayuda –dijo Thorin desilusionado,
tras echar un vistazo–. Recuerdo la Montaña muy bien, así
como las tierras que hay por allí. Y sé dónde está el Bosque Negro,
y el Brezal Marchito, donde se crían los grandes dragones.
–Hay un dragón señalado en rojo sobre la Montaña –dijo Balin–,
pero será bastante fácil encontrarlo sin eso, si alguna vez llegamos
allí.
–Hay también un punto que no habéis advertido –dijo el
mago–, y es la entrada secreta. ¿Veis esa runa en el lado oeste, y la
mano que apunta hacia ella desde las otras runas? Eso indica un
pasadizo oculto a los Salones Inferiores. –Mirad el mapa al principio
de este libro, y allí veréis las runas.
–Puede que en otra época fuese secreto –dijo Thorin–, pero
¿cómo sabremos si todavía lo es? El Viejo Smaug ha vivido allí
mucho tiempo y ha de conocer bien esas cuevas.
–Tal vez... pero no pudo haberlo utilizado desde hace años y
años.
–¿Por qué?
–Porque es demasiado pequeño. Cinco pies de altura y tres pasan
con holgura, dicen las runas, pero Smaug no podría arrastrarse
por un agujero de ese tamaño, ni siquiera cuando era un dragón
joven, y menos después de haber devorado tantos enanos y
hombres de Valle.
–Pues a mí me parece un agujero bastante grande –chilló Bilbo,
que nada sabía de dragones, y en cuanto a agujeros sólo conocía
los de los hobbits. Se sentía otra vez excitado e interesado, y
olvidó mantener la boca cerrada. Le encantaban los mapas, y en el
vestíbulo colgaba uno enorme del País Redondo con todos sus
caminos favoritos marcados en tinta roja–. ¿Cómo una puerta tan
grande pudo haber sido un secreto para todo el mundo, aun sin
tener en cuenta al dragón? –preguntó. Recordad que era sólo un
pequeño hobbit.
–De muchos modos –dijo Gandalf–. Pero cómo ha quedado
oculta, no lo sabremos sin antes ir a mirar. Por lo que dice el
mapa, me imagino que hay una puerta cerrada que no se distingue
del resto de la ladera. El método común entre los enanos, ¿no
es cierto?
–Muy cierto –dijo Thorin.
–Además –prosiguió Gandalf–, olvidé mencionar que con el
mapa venía una llave, una llave pequeña y rara. ¡Hela aquí! –dijo,
y dio a Thorin una llave de plata, larga, de dientes intrincados–.
¡Guárdala bien!
–Así lo haré –dijo Thorin, y la enganchó en una cadenilla que le
colgaba del cuello bajo la chaqueta–. Ahora las cosas parecen más
prometedoras. Estas noticias les dan mejor aspecto. Hasta hoy no teníamos
una idea demasiado clara de lo que podíamos hacer. Pensábamos
marchar hacia el Este en silencio y con toda la cautela posible,
hasta llegar a Lago Largo. Las dificultades empezarían después...
–Mucho antes, si algo sé de los caminos del Este –interrumpió
Gandalf.
–Podríamos subir desde allí bordeando el Río Rápido –dijo
Thorin sin prestar atención–, y luego hasta las ruinas de Valle, la
vieja ciudad a la sombra de la Montaña. Pero a ninguno nos gustaba
mucho la idea de la Puerta Principal. El río sale justo ahí atravesando
el gran risco al sur de la Montaña, y de ahí sale también el
dragón, muy a menudo desde hace tiempo, a menos que haya
cambiado de costumbres.
–Eso no sería bueno –dijo el mago–, no sin un guerrero poderoso,
o aun un héroe. Intenté conseguir uno; pero los guerreros
están todos ocupados luchando entre ellos en tierras lejanas, y en
esta vecindad los héroes son escasos, o al menos no se los encuentra.
Las espadas están aquí casi todas embotadas, las hachas se utilizan
para cortar árboles y los escudos como cunas o cubrefuentes;
y para comodidad de todos, los dragones están muy lejos (y de ahí
que sean legendarios). Por este motivo me dediqué a merodear de
noche, sobre todo desde que recordé la existencia de una Puerta
lateral. Y aquí tenemos a nuestro pequeño Bilbo Bolsón, el saqueador,
electo y selecto. Así que continuemos y hagamos planes.
–Muy bien –dijo Thorin–, supongamos entonces que el experto
mismo nos da alguna idea o sugerencia. –Se volvió con una
cortesía burlona hacia Bilbo.
–En primer lugar, me gustaría saber un poco más del asunto
–dijo Bilbo, sintiéndose confuso y un poco agitado por dentro,
pero bastante Tuk todavía y decidido a seguir adelante–. Me refiero
al oro y al dragón, y todo eso, y cómo llegar allí y a quién
pertenece, etcétera, etcétera.
–¡Bendita sea! –dijo Thorin–, ¿no tienes un mapa? ¿Y no has
oído nuestro canto? ¿Y acaso no hemos estado hablando de esto
durante horas?
–Aun así, me gustaría saberlo todo clara y llanamente –dijo
Bilbo con obstinación, adoptando un aire de negocios (por lo común
reservado para gente que trataba de pedirle dinero), y tratando
por todos los medios de parecer sabio, prudente, profesional, y
estar a la altura de la recomendación de Gandalf–. También me
gustaría conocer los riesgos, los gastos, el tiempo requerido y la
remuneración, etcétera. –Lo que quería decir: «¿Qué sacaré de
esto? ¿Y regresaré con vida?».
–Oh, muy bien –dijo Thorin–. Hace mucho, en tiempos de
mi abuelo Thrór, nuestra familia fue expulsada del lejano Norte y
vino con todos sus bienes y herramientas a esta Montaña del
mapa. La había descubierto mi lejano antepasado, Thráin el Viejo,
pero entonces abrieron minas, excavaron túneles y construyeron
galerías y talleres más grandes... y creo además que encontraron
gran cantidad de oro y también piedras preciosas. De
cualquier modo, se hicieron inmensamente ricos, y mi abuelo fue
de nuevo Rey bajo la Montaña y tratado con gran respeto por los
mortales, que vivían al Sur y poco a poco se extendieron río arriba
hasta el valle al pie de la Montaña. Allá, en aquellos días, levantaron
la alegre ciudad de Valle. Los reyes mandaban buscar a
nuestros herreros y recompensar con largueza aun a los menos
hábiles. Los padres nos rogaban que tomásemos a sus hijos como
aprendices y nos pagaban bien, sobre todo con provisiones, pues
nosotros nunca sembrábamos, ni buscábamos comida. Aquellos
días sí que eran buenos, y aun el más pobre tenía dinero para gastar
y prestar, y ocio para fabricar objetos hermosos sólo por diversión,
para no mencionar los más maravillosos juguetes mágicos,
que hoy ya no se encuentran en el mundo. Así los salones de mi
abuelo se llenaron de armaduras, joyas, tallas y copas, y el mercado
de juguetes de Valle fue el asombro de todo el Norte.»
Sin duda eso fue lo que atrajo al dragón. Los dragones, sabéis,
roban oro y joyas a hombres, elfos y enanos dondequiera que puedan
encontrarlos, y guardan el botín mientras viven (lo que en la
práctica es para siempre, a menos que los maten), y ni siquiera disfrutan
de un anillo de hojalata. En realidad apenas distinguen una
pieza buena de una mala, aunque en general conocen bien el valor
que tienen en el mercado; y no son capaces de hacer nada por sí
mismos, ni siquiera arreglarse una escamita suelta en la armadura
que llevan. Por aquellos días había muchos dragones en el Norte,
y es posible que el oro empezara a escasear allá arriba, con enanos
que huían al Sur o eran asesinados, y la devastación general y la
destrucción que los dragones provocaban y que iba en aumento.
Había un gusano que era muy ambicioso, fuerte y malvado, llamado
Smaug. Un día echó a volar, y llegó al Sur. Lo primero que oímos
fue un ruido como de un huracán que venía del Norte, y los
pinos en la Montaña crujían y rechinaban con el viento. Algunos
de los enanos que en ese momento estábamos fuera (yo era por
fortuna uno de ellos, un muchacho apuesto y aventurero en aquellos
días, siempre vagando por los alrededores, y eso me salvó entonces),
bien, vimos desde bastante lejos al dragón que se posaba
en nuestra montaña en un remolino de fuego. Luego bajó por las
laderas, y los bosques empezaron a arder. Ya para entonces todas
las campanas repicaban en Valle y los guerreros se armaban. Los
enanos salieron corriendo por la puerta grande; pero allí estaba el
dragón esperándolos. Nadie escapó por ese lado. El río se transformó
en vapor y una niebla cayó sobre ellos y acabó con la mayoría
de los guerreros: la triste historia de siempre, sólo que en aquellos
días era demasiado común. Luego retrocedió, arrastrándose a través
de la Puerta Principal, y destrozó todos los salones, aceras, túneles,
callejuelas, bodegas, mansiones y pasadizos. Después de eso
no quedó enano vivo dentro, y el dragón se apoderó de todas las
riquezas. Quizá, pues es costumbre entre los dragones, haya apilado
todo en un gran montón muy adentro y duerma sobre el tesoro
utilizándolo como cama. Más tarde empezó a salir de vez en
cuando arrastrándose por la puerta grande y llegaba a Valle de noche,
y se llevaba gente, especialmente doncellas, para comerlas en
la cueva, hasta que Valle quedó arruinada y toda la gente murió o
huyó. Lo que pasa allí ahora no lo sé con certeza, pero no creo que
nadie viva hoy entre la Montaña y la orilla opuesta del Lago Largo.»
Los pocos de nosotros que estábamos fuera, y así nos salvamos,
llorábamos a escondidas y maldecíamos a Smaug, y allí nos
encontramos inesperadamente con mi padre y mi abuelo, que tenían
las barbas chamuscadas. Parecían muy preocupados, pero hablaban
muy poco. Cuando les pregunté cómo habían huido me
dijeron que callase, que algún día a su debido tiempo ya me enteraría.
Luego escapamos, y tuvimos que ganarnos la vida lo mejor
que pudimos en todas aquellas tierras, y muy a menudo llegamos
a trabajar en herrerías o aun en minas de carbón. Pero nunca olvidamos
el tesoro robado. E incluso ahora, en que he de admitir
que hemos acumulado alguna riqueza y no estamos tan mal –en
este momento Thorin acarició la cadena de oro que le colgaba del
cuello–, todavía pretendemos recuperarlo y hacer que nuestras
maldiciones caigan sobre Smaug... si podemos.»
Con frecuencia me pregunté sobre la fuga de mi padre y mi
abuelo. Pienso ahora que tenía que haber una Puerta lateral secreta
que sólo ellos conocían. Pero por lo visto hicieron un mapa, y
me gustaría saber cómo Gandalf se apoderó de él, y por qué no
llegó a mí, el legítimo heredero.
–Yo no me apoderé de él, me lo dieron –dijo el mago–. Quizá
recuerdes que tu abuelo Thrór fue asesinado en las minas de Moria
por Azog el Trasgo.
–Maldito sea su nombre, sí –dijo Thorin.
–Y Thráin, tu padre, se marchó un veintiuno de abril, se cumplieron
cien años el jueves pasado; y desde entonces nunca se lo
ha vuelto a ver...
–Cierto, cierto –dijo Thorin.
–Bien, tu padre me dio esto para que te lo diera; y si elegí el
momento y el modo de entregarlo, no puedes culparme, teniendo
en cuenta las dificultades que tuve para dar contigo. Tu padre
no recordaba ni su propio nombre cuando me pasó el papel, y
nunca me dijo el tuyo; de modo que en última instancia tendrías
que alabarme y agradecérmelo. Toma, aquí está –dijo, entregando
el mapa a Thorin.
–No lo entiendo –dijo Thorin, y Bilbo sintió que le gustaría
decir lo mismo. La explicación no parecía explicar nada.
–Tu abuelo –dijo el mago pausada y seriamente– le dio el
mapa a su hijo para mayor seguridad antes de marcharse a las minas
de Moria. Cuando mataron a tu abuelo, tu padre salió a probar
fortuna con el mapa; y tuvo muchas desagradables aventuras,
pero nunca se acercó a la Montaña. Cómo llegó allí, no lo sé,
pero lo encontré prisionero en las mazmorras del Nigromante.
–¿Qué demonios estabas haciendo allí? –preguntó Thorin con
un escalofrío, y todos los enanos se estremecieron.
–No te importa. Estaba averiguando cosas, como siempre; y
resultó ser un asunto sórdido y peligroso. Hasta yo, Gandalf, apenas
conseguí escapar. Intenté salvar a tu padre, pero era demasiado
tarde. Había perdido el juicio e iba de un lado para otro, y había
olvidado casi todo excepto el mapa y la llave.
–Hace tiempo que dimos su merecido a los trasgos de Moria
–dijo Thorin–. Ahora tendremos que ocuparnos del Nigromante.
–¡No seas absurdo! El Nigromante es un enemigo a quien no
alcanzan los poderes de todos los enanos juntos, si desde las cuatro
esquinas del mundo se reuniesen otra vez. Lo único que deseaba
tu padre era que tú leyeras el mapa y usaras la llave. ¡El dragón y la
Montaña son empresas más que grandes para ti!
–¡Oíd, oíd! –dijo Bilbo, y sin querer habló en voz alta.
–¡Oíd, oíd! –dijeron todos mirándolo, y Bilbo se puso tan nervioso
que respondió:
–¡Oíd lo que he de decir!
–¿Qué es? –preguntaron.
–Bien, os diré que tendríais que ir hacia el Este y echar allí un
vistazo. Al fin y al cabo allí está la Puerta lateral, y los dragones
han de dormir alguna vez, supongo. Si os sentáis a la entrada durante
un tiempo, creo que algo se os ocurrirá. Y bien, ¿no os parece
que hemos charlado bastante para una noche, eh? ¿Qué opináis
de irse a la cama, para empezar mañana temprano y todo eso?
Os daré un buen desayuno antes de que os vayáis.
–Antes de que nos vayamos, supongo que querrás decir –dijo
Thorin–. ¿No eres tú el saqueador? ¿Y tu oficio no es esperar a la
entrada, y aun cruzar la puerta? Pero estoy de acuerdo en lo de la
cama y el desayuno. Me gusta tomar seis huevos con jamón cuando
empiezo un viaje: fritos, no escalfados, y cuida de no romperlos.
Luego de que los otros hubieran pedido sus desayunos sin ningún
por favor (lo que molestó sobremanera a Bilbo), todos se levantaron.
El hobbit tuvo que buscarles sitio, y preparó los cuartos
vacíos, e hizo camas en sillas y sofás antes de instalarlos e irse a su
propia camita muy cansado y nada feliz. Lo que sí decidió fue no
molestarse en madrugar y preparar el maldito desayuno para todo
el mundo. La vena Tuk empezaba a desaparecer, y ahora ya no
estaba tan seguro de que fuese a hacer algún viaje por la mañana.
Mientras yacía en cama pudo oír a Thorin en la habitación de
al lado, la mejor de todas, todavía tarareando entre dientes:
Más allá de las frías y brumosas montañas,
a mazmorras profundas y cavernas antiguas,
a reclamar el oro hace tiempo olvidado,
hemos de ir, antes de que el día nazca.
Bilbo se durmió con ese canto en los oídos, y tuvo unos sueños
intranquilos. Despertó mucho después de que naciera el día.

martes, 7 de noviembre de 2017

Harry Potter y la piedra filosofal.


Con tanta bruja y tanto encantamiento. (Los más encantados han sido los chavales.) Era necesario recurrir al niño- mago más famoso del planeta. Y no exagero. Recién publicado este libro por su acertadísima escritora J. K. Rowling, las ventas del mismo se dispararon de una forma sorprendente tras su publicación en junio de 1997.
No os voy a ofrecer el primer capítulo, como suelo hacer. Hoy me voy al quinto porque desvela muy poquito y además tiene un aire muy mágico.
Alguien me lo ha recomendado y creo que tiene razón.
Merece la pena leer el libro entero.


                                       Capítulo 5 El callejón Diagon

 Harry se despertó temprano aquella mañana. Aunque sabía que ya era de día, mantenía los ojos muy cerrados. «Ha sido un sueño —se dijo con firmeza—. Soñé que un gigante llamado Hagrid vino a decirme que voy a ir a un colegio de magos. Cuando abra los ojos estaré en casa, en mi alacena.»
 Se produjo un súbito golpeteo.
 «Y ésa es tía Petunia llamando a la puerta», pensó Harry con el corazón abrumado. Pero todavía no abrió los ojos. Había sido un sueño tan bonito...
 Toc. Toc. Toc.
 —Está bien —rezongó Harry—. Ya me levanto.
 Se incorporó y se le cayó el pesado abrigo negro de Hagrid. La cabaña estaba iluminada por el sol, la tormenta había pasado, Hagrid estaba dormido en el sofá y había una lechuza golpeando con su pata en la ventana, con un periódico en el pico.
 Harry se puso de pie, tan feliz como si un gran globo se expandiera en su interior. Fue directamente a la ventana y la abrió. La lechuza bajó en picado y dejó el periódico sobre Hagrid, que no se despertó. Entonces la lechuza se posó en el suelo y comenzó a picar el abrigo de Hagrid.
—No hagas eso. Harry trató de apartar a la lechuza, pero ésta cerró el pico amenazadoramente y continuó picoteando el abrigo.
 —¡Hagrid! —dijo Harry en voz alta—. Aquí hay una lechuza...
—Págale —gruñó Hagrid desde el sofá.
—¿Qué?
—Quiere que le pagues por traer el periódico. Busca en los bolsillos.
El abrigo de Hagrid parecía hecho de bolsillos, con contenidos de todo tipo: manojos de llaves, proyectiles de metal, bombones de menta, saquitos de té... Finalmente Harry sacó un puñado de monedas de aspecto extraño.
—Dale cinco knuts —dijo soñoliento Hagrid.
—¿Knuts?
—Esas pequeñas de bronce.
Harry contó las cinco monedas y la lechuza extendió la pata, para que Harry pudiera meter las monedas en una bolsita de cuero que llevaba atada. Y salió volando por la ventana abierta.
Hagrid bostezó con fuerza, se sentó y se desperezó.
—Es mejor que nos demos prisa, Harry. Tenemos muchas cosas que hacer hoy. Debemos ir a Londres a comprar todas las cosas del colegio.
Harry estaba dando la vuelta a las monedas mágicas y observándolas. Acababa de pensar en algo que le hizo sentir que el globo de felicidad en su interior acababa de pincharse.
—Mm... ¿Hagrid?
—¿Sí? —dijo Hagrid, que se estaba calzando sus colosales botas.
—Yo no tengo dinero y ya oíste a tío Vernon anoche, no va a pagar para que vaya a aprender magia. —No te preocupes por eso —dijo Hagrid, poniéndose de pie y golpeándose la cabeza
—. ¿No creerás que tus padres no te dejaron nada?
—Pero si su casa fue destruida...
—¡Ellos no guardaban el oro en la casa, muchacho! No, la primera parada para nosotros es Gringotts. El banco de los magos. Come unas salchichas, frías no están mal, y no me negaré a un pedacito de tu pastel de cumpleaños.
—¿Los magos tienen bancos?
—Sólo uno. Gringotts. Lo dirigen los gnomos.
Harry dejó caer el pedazo de salchicha que le quedaba.
—¿Gnomos?
—Ajá... Así que uno tendría que estar loco para intentar robarles, créeme. Nunca te metas con los gnomos, Harry. Gringotts es el lugar más seguro del mundo para lo que quieras guardar, excepto tal vez Hogwarts. Por otra parte, tenía que visitar Gringotts de todos modos. Por Dumbledore. Asuntos de Hogwarts. —Hagrid se irguió con orgullo—. En general, me utiliza para asuntos importantes. Buscarte a ti... sacar cosas de Gringotts... él sabe que puede confiar en mí. ¿Lo tienes todo? Pues vamos.
Harry siguió a Hagrid fuera de la cabaña. El cielo estaba ya claro y el mar brillaba a la luz del sol. El bote que tío Vernon había alquilado todavía estaba allí, con el fondo lleno de agua después de la tormenta.
—¿Cómo llegaste aquí? —preguntó Harry; mirando alrededor, buscando otro bote.
—Volando —dijo Hagrid.
—¿Volando?
—Sí... pero vamos a regresar en esto. No debo utilizar la magia, ahora que ya te encontré. Subieron al bote. Harry todavía miraba a Hagrid, tratando de imaginárselo volando.
—Sin embargo, me parece una lástima tener que remar —dijo Hagrid, dirigiendo a Harry una mirada de soslayo
—. Si yo... apresuro las cosas un poquito, ¿te importaría no mencionarlo en Hogwarts?
—Por supuesto que no —respondió Harry, deseoso de ver más magia. Hagrid sacó otra vez el paraguas rosado, dio dos golpes en el borde del bote y salieron a toda velocidad hacia la orilla. —¿Por qué tendría que estar uno loco para intentar robar en Gringotts? — preguntó Harry. —Hechizos... encantamientos —dijo Hagrid, desdoblando su periódico mientras hablaba—... Dicen que hay dragones custodiando las cámaras de máxima seguridad. Y además, hay que saber encontrar el camino. Gringotts está a cientos de kilómetros por debajo de Londres, ¿sabes? Muy por debajo del metro. Te morirías de hambre tratando de salir, aunque hubieras podido robar algo. Harry permaneció sentado pensando en aquello, mientras Hagrid leía su periódico, El Profeta. Harry había aprendido de su tío Vernon que a las personas les gustaba que las dejaran tranquilas cuando hacían eso, pero era muy difícil, porque nunca había tenido tantas preguntas que hacer en su vida. —El Ministerio de Magia está confundiendo las cosas, como de costumbre —murmuró Hagrid, dando la vuelta a la hoja.
—¿Hay un Ministerio de Magia? —preguntó Harry, sin poder contenerse.
—Por supuesto —respondió Hagrid—. Querían que Dumbledore fuera el ministro, claro, pero él nunca dejará Hogwarts, así que el viejo Cornelius Fudge consiguió el trabajo. Nunca ha existido nadie tan chapucero. Así que envía lechuzas a Dumbledore cada mañana, pidiendo consejos.
—Pero ¿qué hace un Ministerio de Magia?
—Bueno, su trabajo principal es impedir que los muggles sepan que todavía hay brujas y magos por todo el país. —¿Por qué?
—¿Por qué? Vaya, Harry, todos querrían soluciones mágicas para sus problemas. No, mejor que nos dejen tranquilos. En aquel momento, el bote dio un leve golpe contra la pared del muelle.
Hagrid dobló su periódico y subieron los escalones de piedra hacia la calle. Los transeúntes miraban mucho a Hagrid, mientras recorrían el pueblecito camino de la estación, y Harry no se lo podía reprochar: Hagrid no sólo era el doble de alto que cualquiera, sino que señalaba cosas totalmente corrientes, como los parquímetros, diciendo en voz alta:
—¿Ves eso, Harry? Las cosas que esos muggles inventan, ¿verdad?
—Hagrid —dijo Harry, jadeando un poco mientras correteaba para seguirlo—, ¿no dijiste que había dragones en Gringotts?
—Bueno, eso dicen —respondió Hagrid—.
—Me gustaría tener un dragón.
—¿Te gustaría tener uno?
—Quiero uno desde que era niño... Ya estamos. Habían llegado a la estación. Salía un tren para Londres cinco minutos más tarde. Hagrid, que no entendía «el dinero muggle», como lo llamaba, dio las monedas a Harry para que comprara los billetes. La gente los miraba más que nunca en el tren. Hagrid ocupó dos asientos y comenzó a tejer lo que parecía una carpa de circo color amarillo canario. —¿Todavía tienes la carta, Harry? —preguntó, mientras contaba los puntos. Harry sacó del bolsillo el sobre de pergamino. —Bien —dijo Hagrid—. Hay una lista con todo lo que necesitas. Harry desdobló otra hoja, que no había visto la noche anterior, y leyó:

COLEGIO HOGWARTS DE MAGIA UNIFORME

 Los alumnos de primer año necesitarán:
— Tres túnicas sencillas de trabajo (negras).
— Un sombrero puntiagudo (negro) para uso diario.
— Un par de guantes protectores (piel de dragón o semejante).
— Una capa de invierno (negra, con broches plateados). (Todas las prendas de los alumnos deben llevar etiquetas con su nombre.)

LIBROS Todos los alumnos deben tener un ejemplar de los siguientes libros:
— El libro reglamentario de hechizos (clase 1), Miranda Goshawk.
— Una historia de la magia, Bathilda Bagshot.
— Teoría mágica, Adalbert Waffling.
— Guía de transformación para principiantes, Emeric Switch.
— Mil hierbas mágicas y hongos, Phyllida Spore.
— Filtros y pociones mágicas, Arsenius Jigger.
— Animales fantásticos y dónde encontrarlos, Newt Scamander.
— Las Fuerzas Oscuras. Una guía para la autoprotección, Quentin Trimble.
RESTO DEL EQUIPO
 1 varita.
 1 caldero (peltre, medida 2).
 1 juego de redomas de vidrio o cristal.
 1 telescopio.
 1 balanza de latón.
 Los alumnos también pueden traer una lechuza, un gato o un sapo.
 SE RECUERDA A LOS PADRES QUE A LOS DE PRIMER AÑO NO SE LES PERMITE TENER ESCOBAS PROPIAS.
 —¿Podemos comprar todo esto en Londres? —se preguntó Harry en voz alta.
—Sí, si sabes dónde ir —respondió Hagrid.
 Harry no había estado antes en Londres. Aunque Hagrid parecía saber adónde iban, era evidente que no estaba acostumbrado a hacerlo de la forma ordinaria. Se quedó atascado en el torniquete de entrada al metro y se quejó en voz alta porque los asientos eran muy pequeños y los trenes muy lentos.
—No sé cómo los muggles se las arreglan sin magia —comentó, mientras subían por una escalera mecánica estropeada que los condujo a una calle llena de tiendas.
Hagrid era tan corpulento que separaba fácilmente a la muchedumbre. Lo único que Harry tenía que hacer era mantenerse detrás de él. Pasaron ante librerías y tiendas de música, ante hamburgueserías y cines, pero en ningún lado parecía que vendieran varitas mágicas. Era una calle normal, llena de gente normal. ¿De verdad habría cantidades de oro de magos enterradas debajo de ellos? ¿Había allí realmente tiendas que vendían libros de hechizos y escobas? ¿No sería una broma pesada preparada por los Dursley? Si Harry no hubiera sabido que los Dursley carecían de sentido del humor, podría haberlo pensado. Sin embargo, aunque todo lo que le había dicho Hagrid era increíble, Harry no podía dejar de confiar en él.
—Es aquí —dijo Hagrid deteniéndose—. El Caldero Chorreante. Es un lugar famoso.
Era un bar diminuto y de aspecto mugriento. Si Hagrid no lo hubiera señalado, Harry no lo habría visto. La gente, que pasaba apresurada, ni lo miraba. Sus ojos iban de la gran librería, a un lado, a la tienda de música, al otro, como si no pudieran ver el Caldero Chorreante. En realidad, Harry tuvo la extraña sensación de que sólo él y Hagrid lo veían. Antes de que pudiera decirlo, Hagrid le hizo entrar.
Para ser un lugar famoso, estaba muy oscuro y destartalado. Unas ancianas estaban sentadas en un rincón, tomando copitas de jerez. Una de ellas fumaba una larga pipa. Un hombre pequeño que llevaba un sombrero de copa hablaba con el viejo cantinero, que era completamente calvo y parecía una nuez blanda. El suave murmullo de las charlas se detuvo cuando ellos entraron. Todos parecían conocer a Hagrid. Lo saludaban con la mano y le sonreían, y el cantinero buscó un vaso diciendo:
—¿Lo de siempre, Hagrid?
—No puedo, Tom, estoy aquí por asuntos de Hogwarts —respondió Hagrid, poniendo la mano en el hombro de Harry y obligándole a doblar las rodillas.
—Buen Dios —dijo el cantinero, mirando atentamente a Harry—. ¿Es éste... puede ser...?
El Caldero Chorreante había quedado súbitamente inmóvil y en silencio.
—Válgame Dios —susurró el cantinero—. Harry Potter... todo un honor.
Salió rápidamente del mostrador, corrió hacia Harry y le estrechó la mano, con los ojos llenos de lágrimas.
—Bienvenido, Harry, bienvenido.
Harry no sabía qué decir. Todos lo miraban. La anciana de la pipa seguía chupando, sin darse cuenta de que se le había apagado. Hagrid estaba radiante.
Entonces se produjo un gran movimiento de sillas y, al minuto siguiente, Harry se encontró estrechando la mano de todos los del Caldero Chorreante.
—Doris Crockford, Harry. No puedo creer que por fin te haya conocido.
—Estoy orgullosa, Harry, muy orgullosa.
—Siempre quise estrechar tu mano... estoy muy complacido.
—Encantado, Harry, no puedo decirte cuánto. Mi nombre es Diggle, Dedalus Diggle.
—¡Yo lo he visto antes! —dijo Harry, mientras Dedalus Diggle dejaba caer su sombrero a causa de la emoción—. Usted me saludó una vez en una tienda.
—¡Me recuerda! —gritó Dedalus Diggle, mirando a todos—. ¿Habéis oído eso? ¡Se acuerda de mí! Harry estrechó manos una y otra vez. Doris Crockford volvió a repetir el saludo. Un joven pálido se adelantó, muy nervioso. Tenía un tic en el ojo.
—¡Profesor Quirrell! —dijo Hagrid—. Harry, el profesor Quirrell te dará clases en Hogwarts.
—P-P-Potter —tartamudeó el profesor Quirrell, apretando la mano de Harry—. N-no pue-e-do decirte l-lo contento que-e estoy de co-conocerte.

—¿Qué clase de magia enseña usted, profesor Quirrell?
—D-Defensa Contra las Artes O-Oscuras —murmuró el profesor Quirrell, como si no quisiera pensar en ello—. N-no es al-algo que t-tú n-necesites, ¿verdad, P-Potter? —Soltó una risa nerviosa—. Estás reuniendo el e-equipo, s-supongo. Yo tengo que b-buscar otro l-libro de va-vampiros.
—Pareció aterrorizado ante la simple mención.
Pero los demás, no permitieron que el profesor Quirrell acaparara a Harry. Éste tardó más de diez minutos en despedirse de ellos.
Al fin, Hagrid se hizo oír. —Tenemos que irnos. Hay mucho que comprar. Vamos, Harry.
Doris Crockford estrechó la mano de Harry una última vez y Hagrid se lo llevó a través del bar hasta un pequeño patio cerrado, donde no había más que un cubo de basura y hierbajos.
Hagrid miró sonriente a Harry —Te lo dije, ¿verdad? Te dije que eras famoso. Hasta el profesor Quirrell temblaba al conocerte, aunque te diré que él habitualmente tiembla.
—¿Está siempre tan nervioso?
—Oh, sí. Pobre hombre. Una mente brillante. Estaba bien mientras estudiaba esos libros de vampiros, pero entonces cogió un año de vacaciones, para tener experiencias directas... Dicen que encontró vampiros en la Selva Negra y que tuvo un desagradable problema con una hechicera... Y desde entonces no es el mismo. Se asusta de los alumnos, tiene miedo de su propia asignatura... Ahora ¿adónde vamos, paraguas?
 ¿Vampiros? ¿Hechiceras? La cabeza de Harry era un torbellino. Hagrid, mientras tanto, contaba ladrillos en la pared, encima del cubo de basura.
—Tres arriba... dos horizontales... —murmuraba—. Correcto. Un paso atrás, Harry.
Dio tres golpes a la pared, con la punta de su paraguas.
El ladrillo que había tocado se estremeció, se retorció y en el medio apareció un pequeño agujero, que se hizo cada vez más ancho. Un segundo más tarde estaban contemplando un pasaje abovedado lo bastante grande hasta para Hagrid, un paso que llevaba a una calle con adoquines, que serpenteaba hasta quedar fuera de la vista.
—Bienvenido —dijo Hagrid— al callejón Diagon. Sonrió ante el asombro de Harry.
Entraron en el pasaje. Harry miró rápidamente por encima de su hombro y vio que la pared volvía a cerrarse.
El sol brillaba iluminando numerosos calderos, en la puerta de la tienda más cercana. «Calderos - Todos los Tamaños - Latón, Cobre, Peltre, Plata - Automáticos - Plegables», decía un rótulo que colgaba sobre ellos.

—Sí, vas a necesitar uno —dijo Hagrid— pero mejor que vayamos primero a conseguir el dinero.
Harry deseó tener ocho ojos más. Movía la cabeza en todas direcciones mientras iban calle arriba, tratando de mirar todo al mismo tiempo: las tiendas, las cosas que estaban fuera y la gente haciendo compras. Una mujer regordeta negaba con la cabeza en la puerta de una droguería cuando ellos pasaron, diciendo: «Hígado de dragón a diecisiete sickles la onza, están locos...».
Un suave ulular llegaba de una tienda oscura que tenía un rótulo que decía: «El emporio de las lechuzas. Color pardo, castaño, gris y blanco». Varios chicos de la edad de Harry pegaban la nariz contra un escaparate lleno de escobas. «Mirad —oyó Harry que decía uno—, la nueva Nimbus 2.000, la más veloz.» Algunas tiendas vendían ropa; otras, telescopios y extraños instrumentos de plata que Harry nunca había visto. Escaparates repletos de bazos de murciélagos y ojos de anguilas, tambaleantes montones de libros de encantamientos, plumas y rollos de pergamino, frascos con pociones, globos con mapas de la luna...

                                      —Gringotts —dijo Hagrid.

Habían llegado a un edificio, blanco como la nieve, que se alzaba sobre las pequeñas tiendas. Delante de las puertas de bronce pulido, con un uniforme carmesí y dorado, había...
—Sí, eso es un gnomo —dijo Hagrid en voz baja, mientras subían por los escalones de piedra blanca. El gnomo era una cabeza más bajo que Harry. Tenía un rostro moreno e inteligente, una barba puntiaguda y, Harry pudo notarlo, dedos y pies muy largos. Cuando entraron los saludó. Entonces encontraron otras puertas dobles, esta vez de plata, con unas palabras grabadas encima de ellas.

Entra, desconocido, pero ten cuidado 
Con lo que le espera al pecado de la codicia, 
Porque aquellos que cogen, pero no se lo han ganado, 
Deberán pagar en cambio mucho más, 
Así que si buscas por debajo de nuestro suelo 
Un tesoro que nunca fue tuyo, 
Ladrón, te hemos advertido, ten cuidado 
De encontrar aquí algo más que un tesoro.

—Como te dije, hay que estar loco para intentar robar aquí —dijo Hagrid.
Dos gnomos los hicieron pasar por las puertas plateadas y se encontraron  en un amplio vestíbulo de mármol. Un centenar de gnomos estaban sentados en altos taburetes, detrás de un largo mostrador, escribiendo en grandes libros de cuentas, pesando monedas en balanzas de cobre y examinando piedras preciosas con lentes. Las puertas de salida del vestíbulo eran demasiadas para contarlas, y otros gnomos guiaban a la gente para entrar y salir. Hagrid y Harry se acercaron al mostrador.
—Buenos días —dijo Hagrid a un gnomo desocupado—. Hemos venido a sacar algún dinero de la caja de seguridad del señor Harry Potter.

—¿Tiene su llave, señor?
—La tengo por aquí —dijo Hagrid, y comenzó a vaciar sus bolsillos sobre el mostrador, desparramando un puñado de galletas de perro sobre el libro de cuentas del gnomo. Éste frunció la nariz. Harry observó al gnomo que tenía a la derecha, que pesaba unos rubíes tan grandes como carbones brillantes.
—Aquí está —dijo finalmente Hagrid, enseñando una pequeña llave dorada.
El gnomo la examinó de cerca.
—Parece estar todo en orden.
—Y también tengo una carta del profesor Dumbledore —dijo Hagrid, dándose importancia—. Es sobre lo-que-usted-sabe, en la cámara setecientos trece. El gnomo leyó la carta cuidadosamente.
—Muy bien —dijo, devolviéndosela a Hagrid—. Voy a hacer que alguien los acompañe abajo, a las dos cámaras. ¡Griphook!

Griphook era otro gnomo. Cuando Hagrid guardó todas las galletas de perro en sus bolsillos, él y Harry siguieron a Griphook hacia una de las puertas de salida del vestíbulo.
—¿Qué es lo-que-usted-sabe en la cámara setecientos trece? —preguntó Harry.
—No te lo puedo decir —dijo misteriosamente Hagrid—. Es algo muy secreto. Un asunto de Hogwarts. Dumbledore me lo confió.
Griphook les abrió la puerta. Harry, que había esperado más mármoles, se sorprendió. Estaban en un estrecho pasillo de piedra, iluminado con antorchas. Se inclinaba hacia abajo y había unos raíles en el suelo.
Griphook silbó y un pequeño carro llegó rápidamente por los raíles. Subieron (Hagrid con cierta dificultad) y se pusieron en marcha.
Al principio fueron rápidamente a través de un laberinto de retorcidos pasillos. Harry trató de recordar, izquierda, derecha, derecha, izquierda, una bifurcación, derecha, izquierda, pero era imposible. El veloz carro parecía conocer su camino, porque Griphook no lo dirigía. A Harry le escocían los ojos de las ráfagas de aire frío, pero los mantuvo muy abiertos. En una ocasión, le pareció ver un estallido de fuego al final del pasillo y se dio la vuelta para ver si era un dragón, pero era demasiado tarde. Iban cada vez más abajo, pasando por un lago subterráneo en el que había gruesas estalactitas y estalagmitas saliendo del techo y del suelo.
—Nunca lo he sabido —gritó Harry a Hagrid, para hacerse oír sobre el estruendo del carro—. ¿Cuál es la diferencia entre una estalactita y una estalagmita?
—Las estalagmitas tienen una eme —dijo Hagrid—. Y no me hagas preguntas ahora, creo que voy a marearme.
Su cara se había puesto verde y, cuando el carro por fin se detuvo, ante la pequeña puerta de la pared del pasillo, Hagrid se bajó y tuvo que apoyarse contra la pared, para que dejaran de temblarle las rodillas.
Griphook abrió la cerradura de la puerta. Una oleada de humo verde los envolvió. Cuando se aclaró, Harry estaba jadeando. Dentro había montículos de monedas de oro. Montones de monedas de plata. Montañas de pequeños knuts de bronce.


—Todo tuyo —dijo Hagrid sonriendo.
Todo de Harry, era increíble. Los Dursley no debían saberlo, o se habrían apoderado de todo en un abrir y cerrar de ojos. ¿Cuántas veces se habían quejado de lo que les costaba mantener a Harry? Y durante todo aquel tiempo, una pequeña fortuna enterrada debajo de Londres le pertenecía.
Hagrid ayudó a Harry a poner una cantidad en una bolsa.
—Las de oro son galeones —explicó—. Diecisiete sickles de plata hacen un galeón y veintinueve knuts equivalen a un sickle, es muy fácil. Bueno, esto será suficiente para un curso o dos, dejaremos el resto guardado para ti.

—Se volvió hacia Griphook—. Ahora, por favor, la cámara setecientos trece. ¿Y podemos ir un poco más despacio?
—Una sola velocidad —contestó Griphook. Fueron más abajo y a mayor velocidad. El aire se volvió cada vez más frío, mientras doblaban por estrechos recodos. Llegaron entre sacudidas al otro lado de una hondonada subterránea y Harry se inclinó hacia un lado para ver qué había en el fondo oscuro, pero Hagrid gruñó y lo enderezó, cogiéndolo del cuello.
La cámara setecientos trece no tenía cerradura. —Un paso atrás —dijo Griphook, dándose importancia. Tocó la puerta con uno de sus largos dedos y ésta desapareció—. Si alguien que no sea un gnomo de Gringotts lo intenta, será succionado por la puerta y quedará atrapado —añadió.
—¿Cada cuánto tiempo comprueban que no se haya quedado nadie dentro? —quiso saber Harry.
—Más o menos cada diez años —dijo Griphook, con una sonrisa maligna.
Algo realmente extraordinario tenía que haber en aquella cámara de máxima seguridad, Harry estaba seguro, y se inclinó anhelante, esperando ver por lo menos joyas fabulosas, pero la primera impresión era que estaba vacía. Entonces vio el sucio paquetito, envuelto en papel marrón, que estaba en el suelo. Hagrid lo cogió y lo guardó en las profundidades de su abrigo. A Harry le hubiera gustado conocer su contenido, pero sabía que era mejor no preguntar.
—Vamos, regresemos en ese carro infernal y no me hables durante el camino; será mejor que mantengas la boca cerrada —dijo Hagrid.
Después de la veloz trayectoria, salieron parpadeando a la luz del sol, fuera de Gringotts. Harry no sabía adónde ir primero con su bolsa llena de dinero. No necesitaba saber cuántos galeones había en una libra, para darse cuenta de que tenía más dinero que nunca, más dinero incluso que el que Dudley tendría jamás.
—Tendrías que comprarte el uniforme —dijo Hagrid, señalando hacia «Madame Malkin, túnicas para todas las ocasiones»—. Oye, Harry; ¿te importa que me dé una vuelta por el Caldero Chorreante? Detesto los carros de Gringotts. —Todavía parecía mareado, así que Harry entró solo en la tienda de Madame Malkin, sintiéndose algo nervioso.
Madame Malkin era una bruja sonriente y regordeta, vestida de color malva.
—¿Hogwarts, guapo? —dijo, cuando Harry empezó a hablar—. Tengo muchos aquí... En realidad, otro muchacho se está probando ahora.
En el fondo de la tienda, un niño de rostro pálido y puntiagudo estaba de pie sobre un escabel, mientras otra bruja le ponía alfileres en la larga túnica negra. Madame Malkin puso a Harry en un escabel al lado del otro, le deslizó por la cabeza una larga túnica y comenzó a marcarle el largo apropiado.
—Hola —dijo el muchacho—. ¿También Hogwarts?
—Sí —respondió Harry.
—Mi padre está en la tienda de al lado, comprando mis libros, y mi madre ha ido calle arriba para mirar las varitas —dijo el chico. Tenía voz de aburrido y arrastraba las palabras—. Luego voy a arrastrarlos a mirar escobas de carrera. No sé por qué los de primer año no pueden tener una propia. Creo que voy a fastidiar a mi padre hasta que me compre una y la meteré de contrabando de alguna manera.
Harry se acordó de Dudley.
—¿Tú tienes escoba propia? —continuó el muchacho.
—No —dijo Harry.
—¿Juegas al menos al quidditch?
—No —dijo de nuevo Harry, preguntándose qué diablos sería el quidditch.
—Yo sí. Papá dice que sería un crimen que no me eligieran para jugar por mi casa, y la verdad es que estoy de acuerdo. ¿Ya sabes en qué casa vas a estar?
—No —dijo Harry, sintiéndose cada vez más tonto.
—Bueno, nadie lo sabrá realmente hasta que lleguemos allí, pero yo sé que seré de Slytherin, porque toda mi familia fue de allí. ¿Te imaginas estar en Hufflepuff? Yo creo que me iría, ¿no te parece?
—Mmm —contestó Harry, deseando poder decir algo más interesante.
—¡Oye, mira a ese hombre! —dijo súbitamente el chico, señalando hacia la vidriera de delante. Hagrid estaba allí, sonriendo a Harry y señalando dos grandes helados, para que viera por qué no entraba.
—Ése es Hagrid —dijo Harry, contento de saber algo que el otro no sabía—. Trabaja en Hogwarts.
—Oh —dijo el muchacho—, he oído hablar de él. Es una especie de sirviente, ¿no?
—Es el guardabosques —dijo Harry. Cada vez le gustaba menos aquel chico.
—Sí, claro. He oído decir que es una especie de salvaje, que vive en una cabaña en los terrenos del colegio y que de vez en cuando se emborracha. Trata de hacer magia y termina prendiendo fuego a su cama.
—Yo creo que es estupendo —dijo Harry con frialdad.
—¿Eso crees? —preguntó el chico en tono burlón—. ¿Por qué está aquí contigo? ¿Dónde están tus padres?
—Están muertos —respondió en pocas palabras. No tenía ganas de hablar de ese tema con él.
—Oh, lo siento —dijo el otro, aunque no pareció que le importara—. Pero eran de nuestra clase, ¿no?
—Eran un mago y una bruja, si es eso a lo que te refieres.
—Realmente creo que no deberían dejar entrar a los otros. ¿No te parece? No son como nosotros, no los educaron para conocer nuestras costumbres. Algunos nunca habían oído hablar de Hogwarts hasta que recibieron la carta, ya te imaginarás. Yo creo que debería quedar todo en las familias de antiguos magos. Y a propósito, ¿cuál es tu apellido? Pero antes de que Harry pudiera contestar, Madame Malkin dijo:
—Ya está listo lo tuyo, guapo. Y Harry, sin lamentar tener que dejar de hablar con el chico, bajó del escabel.
—Bien, te veré en Hogwarts, supongo —dijo el muchacho.
Harry estaba muy silencioso, mientras comía el helado que Hagrid le había comprado (chocolate y frambuesa con trozos de nueces).
—¿Qué sucede? —preguntó Hagrid.
—Nada —mintió Harry.
Se detuvieron a comprar pergamino y plumas. Harry se animó un poco cuando encontró un frasco de tinta que cambiaba de color al escribir. Cuando salieron de la tienda, preguntó:
—Hagrid, ¿qué es el quidditch?
—Vaya, Harry; sigo olvidando lo poco que sabes... ¡No saber qué es el quidditch!
—No me hagas sentir peor —dijo Harry. Le contó a Hagrid lo del chico pálido de la tienda de Madame Malkin. —... y dijo que la gente de familia de muggles no deberían poder ir...
—Tú no eres de una familia muggle. Si hubiera sabido quién eres... Él ha crecido conociendo tu nombre, si sus padres son magos. Ya lo has visto en el Caldero Chorreante. De todos modos, qué sabe él, algunos de los mejores que he conocido eran los únicos con magia en una larga línea de muggles. ¡Mira tu madre! ¡Y mira la hermana que tuvo!
—Entonces ¿qué es el quidditch?
—Es nuestro deporte. Deporte de magos. Es... como el fútbol en el mundo muggle, todos lo siguen. Se juega en el aire, con escobas, y hay cuatro pelotas... Es difícil explicarte las reglas.
—¿Y qué son Slytherin y Hufflepuff? —Casas del colegio. Hay cuatro. Todos dicen que en Hufflepuff son todos inútiles, pero...
—Seguro que yo estaré en Hufflepuff —dijo Harry desanimado.
—Es mejor Hufflepuff que Slytherin —dijo Hagrid con tono lúgubre—. Las brujas y los magos que se volvieron malos habían estado todos en Slytherin. Quien-tú-sabes fue uno.
—¿Vol... perdón... Quien-tú-sabes estuvo en Hogwarts?
—Hace muchos años —respondió Hagrid.
Compraron los libros de Harry en una tienda llamada Flourish y Blotts, en donde los estantes estaban llenos de libros hasta el techo. Había unos grandiosos forrados en piel, otros del tamaño de un sello, con tapas de seda, otros llenos de símbolos raros y unos pocos sin nada impreso en sus páginas. Hasta Dudley, que nunca leía nada, habría deseado tener alguno de aquellos libros. Hagrid casi tuvo que arrastrar a Harry para que dejara Hechizos y contrahechizos (encante a sus amigos y confunda a sus enemigos con las más recientes venganzas: Pérdida de Cabello, Piernas de Mantequilla, Lengua Atada y más, mucho más), del profesor Vindictus Viridian.
—Estaba tratando de averiguar cómo hechizar a Dudley
—No estoy diciendo que no sea una buena idea, pero no puedes utilizar la magia en el mundo muggle, excepto en circunstancias muy especiales —dijo Hagrid—. Y de todos modos, no podrías hacer ningún hechizo todavía, necesitarás mucho más estudio antes de llegar a ese nivel.
Hagrid tampoco dejó que Harry comprara un sólido caldero de oro (en la lista decía de peltre) pero consiguieron una bonita balanza para pesar los ingredientes de las pociones y un telescopio plegable de cobre. Luego visitaron la droguería, tan fascinante como para hacer olvidar el horrible hedor, una mezcla de huevos pasados y repollo podrido. En el suelo había barriles llenos de una sustancia viscosa y botes con hierbas. Raíces secas y polvos brillantes llenaban las paredes, y manojos de plumas e hileras de colmillos y garras colgaban del techo. Mientras Hagrid preguntaba al hombre que estaba detrás del mostrador por un surtido de ingredientes básicos para pociones, Harry examinaba cuernos de unicornio plateados, a veintiún galeones cada uno, y minúsculos ojos negros y brillantes de escarabajos (cinco knuts la cucharada).
Fuera de la droguería, Hagrid miró otra vez la lista de Harry
—Sólo falta la varita... Ah, sí, y todavía no te he buscado un regalo de cumpleaños.
Harry sintió que se ruborizaba.
—No tienes que...
—Sé que no tengo que hacerlo. Te diré qué será, te compraré un animal. No un sapo, los sapos pasaron de moda hace años, se burlarán... y no me gustan los gatos, me hacen estornudar. Te voy a regalar una lechuza. Todos los chicos quieren tener una lechuza. Son muy útiles, llevan tu correspondencia y todo lo demás.
Veinte minutos más tarde, salieron del Emporio de la Lechuza, que era oscuro y lleno de ojos brillantes, susurros y aleteos. Harry llevaba una gran jaula con una hermosa lechuza blanca, medio dormida, con la cabeza debajo de un ala. Y no dejó de agradecer el regalo, tartamudeando como el profesor Quirrell.
—Ni lo menciones —dijo Hagrid con aspereza—. No creo que los Dursley te hagan muchos regalos. Ahora nos queda solamente Ollivander, el único lugar donde venden varitas, y tendrás la mejor. Una varita mágica...
Eso era lo que Harry realmente había estado esperando. La última tienda era estrecha y de mal aspecto. Sobre la puerta, en letras doradas, se leía: «Ollivander: fabricantes de excelentes varitas desde el 382 a.C.». En el polvoriento escaparate, sobre un cojín de desteñido color púrpura, se veía una única varita.
Cuando entraron, una campanilla resonó en el fondo de la tienda. Era un lugar pequeño y vacío, salvo por una silla larguirucha donde Hagrid se sentó a esperar. Harry se sentía algo extraño, como si hubieran entrado en una biblioteca muy estricta. Se tragó una cantidad de preguntas que se le acababan de ocurrir, y en lugar de eso, miró las miles de estrechas cajas, amontonadas cuidadosamente hasta el techo. Por alguna razón, sintió una comezón en la nuca. El polvo y el silencio parecían hacer que le picara por alguna magia secreta.

—Buenas tardes —dijo una voz amable.
Harry dio un salto. Hagrid también debió de sobresaltarse porque se oyó un crujido y se levantó rápidamente de la silla. Un anciano estaba ante ellos; sus ojos, grandes y pálidos, brillaban como lunas en la penumbra del local.
—Hola —dijo Harry con torpeza.
—Ah, sí —dijo el hombre—. Sí, sí, pensaba que iba a verte pronto. Harry Potter. Tienes los ojos de tu madre. Parece que fue ayer el día en que ella vino aquí, a comprar su primera varita. Veintiséis centímetros de largo, elástica, de sauce. Una preciosa varita para encantamientos.
El señor Ollivander se acercó a Harry. El muchacho deseó que el hombre parpadeara. Aquellos ojos plateados eran un poco lúgubres.
—Tu padre, por otra parte, prefirió una varita de caoba. Veintiocho centímetros y medio. Flexible. Un poquito más poderosa y excelente para transformaciones. Bueno, he dicho que tu padre la prefirió, pero en realidad es la varita la que elige al mago.
El señor Ollivander estaba tan cerca que él y Harry casi estaban nariz contra nariz. Harry podía ver su reflejo en aquellos ojos velados.
—Y aquí es donde... El señor Ollivander tocó la luminosa cicatriz de la frente de Harry, con un largo dedo blanco.
—Lamento decir que yo vendí la varita que hizo eso —dijo amablemente—. Treinta y cuatro centímetros y cuarto. Una varita poderosa, muy poderosa, y en las manos equivocadas... Bueno, si hubiera sabido lo que esa varita iba a hacer en el mundo... Negó con la cabeza y entonces, para alivio de Harry, fijó su atención en Hagrid.
—¡Rubeus! ¡Rubeus Hagrid! Me alegro de verlo otra vez... Roble, cuarenta centímetros y medio, flexible... ¿Era así?
—Así era, sí, señor —dijo Hagrid.
—Buena varita. Pero supongo que la partieron en dos cuando lo expulsaron —dijo el señor Ollivander, súbitamente severo.
—Eh..., sí, eso hicieron, sí —respondió Hagrid, arrastrando los pies—. Sin embargo, todavía tengo los pedazos —añadió con vivacidad.
—Pero no los utiliza, ¿verdad? —preguntó en tono severo.
—Oh, no, señor —dijo Hagrid rápidamente.
Harry se dio cuenta de que sujetaba con fuerza su paraguas rosado.
—Mmm —dijo el señor Ollivander, lanzando una mirada inquisidora a Hagrid—. Bueno, ahora, Harry.. Déjame ver.
—Sacó de su bolsillo una cinta métrica, con marcas plateadas—. ¿Con qué brazo coges la varita?
—Eh... bien, soy diestro —respondió Harry.
—Extiende tu brazo. Eso es. —Midió a Harry del hombro al dedo, luego de la muñeca al codo, del hombro al suelo, de la rodilla a la axila y alrededor de su cabeza. Mientras medía, dijo—: Cada varita Ollivander tiene un núcleo central de una poderosa sustancia mágica, Harry. Utilizamos pelos de unicornio, plumas de cola de fénix y nervios de corazón de dragón. No hay dos varitas Ollivander iguales, como no hay dos unicornios, dragones o aves fénix iguales. Y, por supuesto, nunca obtendrás tan buenos resultados con la varita de otro mago.
De pronto, Harry se dio cuenta de que la cinta métrica, que en aquel momento le medía entre las fosas nasales, lo hacía sola. El señor Ollivander estaba revoloteando entre los estantes, sacando cajas.
 —Esto ya está —dijo, y la cinta métrica se enrolló en el suelo—. Bien, Harry Prueba ésta. Madera de haya y nervios de corazón de dragón. Veintitrés centímetros. Bonita y flexible. Cógela y agítala. Harry cogió la varita y (sintiéndose tonto) la agitó a su alrededor, pero el señor Ollivander se la quitó casi de inmediato.
—Arce y pluma de fénix. Diecisiete centímetros y cuarto. Muy elástica. Prueba... Harry probó, pero tan pronto como levantó el brazo el señor Ollivander se la quitó.

—No, no... Ésta. Ébano y pelo de unicornio, veintiún centímetros y medio. Elástica. Vamos, vamos, inténtalo. Harry lo intentó. No tenía ni idea de lo que estaba buscando el señor Ollivander. Las varitas ya probadas, que estaban sobre la silla, aumentaban por momentos, pero cuantas más varitas sacaba el señor Ollivander, más contento parecía estar.
—Qué cliente tan difícil, ¿no? No te preocupes, encontraremos a tu pareja perfecta por aquí, en algún lado. Me pregunto... sí, por qué no, una combinación poco usual, acebo y pluma de fénix, veintiocho centímetros, bonita y flexible.
Harry tocó la varita. Sintió un súbito calor en los dedos. Levantó la varita sobre su cabeza, la hizo bajar por el aire polvoriento, y una corriente de chispas rojas y doradas estallaron en la punta como fuegos artificiales, arrojando manchas de luz que bailaban en las paredes. Hagrid lo vitoreó y aplaudió y el señor Ollivander dijo:
—¡Oh, bravo! Oh, sí, oh, muy bien. Bien, bien, bien... Qué curioso... Realmente qué curioso... Puso la varita de Harry en su caja y la envolvió en papel de embalar, todavía murmurando: «Curioso... muy curioso».
—Perdón —dijo Harry—. Pero ¿qué es tan curioso?
El señor Ollivander fijó en Harry su mirada pálida.
—Recuerdo cada varita que he vendido, Harry Potter. Cada una de las varitas. Y resulta que la cola de fénix de donde salió la pluma que está en tu varita dio otra pluma, sólo una más. Y realmente es muy curioso que estuvieras destinado a esa varita, cuando fue su hermana la que te hizo esa cicatriz. Harry tragó, sin poder hablar.
—Sí, veintiocho centímetros. Ajá. Realmente curioso cómo suceden estas cosas. La varita escoge al mago, recuérdalo... Creo que debemos esperar grandes cosas de ti, Harry Potter... Después de todo, El-que-no-debe-ser-nombrado hizo grandes cosas... Terribles, sí, pero grandiosas.
Harry se estremeció. No estaba seguro de que el señor Ollivander le gustara mucho. Pagó siete galeones de oro por su varita y el señor Ollivander los acompañó hasta la puerta de su tienda. Al atardecer, con el sol muy bajo en el cielo, Harry y Hagrid emprendieron su camino otra vez por el callejón Diagon, a través de la pared, y de nuevo por el Caldero Chorreante, ya vacío. Harry no habló mientras salían a la calle y ni siquiera notó la cantidad de gente que se quedaba con la boca abierta al verlos en el metro, cargados con una serie de paquetes de formas raras y con la lechuza dormida en el regazo de Harry. Subieron por la escalera mecánica y entraron en la estación de Paddington. Harry acababa de darse cuenta de dónde estaban cuando Hagrid le golpeó el hombro.
—Tenemos tiempo para que comas algo antes de que salga el tren —dijo.
Le compró una hamburguesa a Harry y se sentaron a comer en unas sillas de plástico. Harry miró a su alrededor. De alguna manera, todo le parecía muy extraño.
—¿Estás bien, Harry? Te veo muy silencioso —dijo Hagrid.
Harry no estaba seguro de poder explicarlo. Había tenido el mejor cumpleaños de su vida y, sin embargo, masticó su hamburguesa, intentando encontrar las palabras.
—Todos creen que soy especial —dijo finalmente—. Toda esa gente del Caldero Chorreante, el profesor Quirrell, el señor Ollivander... Pero yo no sé nada sobre magia. ¿Cómo pueden esperar grandes cosas? Soy famoso y ni siquiera puedo recordar por qué soy famoso. No sé qué sucedió cuando Vol... Perdón, quiero decir, la noche en que mis padres murieron. Hagrid se inclinó sobre la mesa. Detrás de la barba enmarañada y las espesas cejas había una sonrisa muy bondadosa.
—No te preocupes, Harry. Aprenderás muy rápido. Todos son principiantes cuando empiezan en Hogwarts. Vas a estar muy bien. Sencillamente sé tú mismo. Sé que es difícil. Has estado lejos y eso siempre es duro. Pero vas a pasarlo muy bien en Hogwarts, yo lo pasé y, en realidad, todavía lo paso. Hagrid ayudó a Harry a subir al tren que lo llevaría hasta la casa de los Dursley y luego le entregó un sobre.
—Tu billete para Hogwarts —dijo—. El uno de septiembre, en Kings Cross. Está todo en el billete. Cualquier problema con los Dursley y me envías una carta con tu lechuza, ella sabrá encontrarme... Te veré pronto, Harry.
El tren arrancó de la estación. Harry deseaba ver a Hagrid hasta que se perdiera de vista. Se levantó del asiento y apretó la nariz contra la ventanilla, pero parpadeó y Hagrid ya no estaba